ES MÁS, TE PERDONO (Noel Nicola)

Inauguro esta sección, Canciones y reflexiones, con uno de los temas que poblaron mi temprana juventud. Ha ido volviendo a mí, esporádicamente, a lo largo de los años; y en estos días lo ha hecho de nuevo. Me preguntaba, escuchándolo, por qué gozo tanto con estos regresos. Ninguna canción se liga en mi memoria a ninguna vivencia memorable concreta; no de manera particular, quiero decir. Las canciones que más han calado en mi alma son las que he solido escuchar a solas conmigo misma, sin perjuicio de que también haya podido compartirlas con mis amigos, y de que hayan pasado a formar parte de nuestro patrimonio y memoria de vida en común. Lo que me queda de ellas es, en cualquier caso y sobre todo, el producto de nuestra relación íntima, por así decirlo. Son poesía bebida en soledad. Cada reencuentro, por tanto, más que devolverme a mis tiempos mozos, me devuelve a mis mozas reflexiones y a mi mozo sentir. Y la sorpresa es que, muy muy a menudo, en lo fundamental, reflexiones y sentir son los mismos de ahora, por más que la edad, como cabe esperar, les haya aportado matices y los haya enriquecido. Una continuidad de la que me alegro.

Es más, te perdono, de Noel Nicola, uno de los fundadores de la ya veterana Nueva Trova Cubana, es en primera instancia una canción de (des)amor. Canción que concluye con un golpe de efecto de un romanticismo desgarrador (y no lo digo en chunga). Pero lo interesante es que ese romántico (y quizás algo masoquista) broche final induce, al mismo tiempo, a la reflexión filosófica. Vamos, que da tema para un debate. No voy a comentarlo aquí, porque les aguaría la sorpresa a quienes no conocen la canción. Que cada cual escuche y haga sus reflexiones. O no.

[Nota: El vídeo se abre con un error de transcripción, pues donde se lee «Esa más te perdono», debería haberse escrito «Es más, te perdono». El audio, sin embargo, es el de mejor calidad entre los que he hallado en Youtube].

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Parafraseando un poema de Javier Ruibal

Hace pocos meses -el 22 de mayo, para ser más exactos-, me imagino que como fruto de un profundo cabreo político y social, Javier Ruibal publicó en su página de Facebook un poema protesta, no menos estéticamente interesante por ser tal (el enlace de acceso a la publicación es https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=980426881975170&id=118004918217375).

Enseguida me atrajeron la ristra de vocablos que lo pueblan, la curiosa cadena de sonoridades e imágenes que desfilan por sus versos, ordenados en rimas pareadas. Y automáticamente tomé el lápiz (¿o el teclado?) para jugar a componer otro poema, a la vez respuesta y paráfrasis del suyo, retomando palabras, pero engarzándolas de manera diferente. Sin pretensiones, claro está.

He aquí el producto del ingenio gaditano (respeto la grafía original en mayúsculas):

NOS PUSIMOS A CARDAR LA LANA
PARA BENEFICIO DE SU FAMA
NOS LLEVARON POR SU CAMINILLO
ENREDÁNDONOS EN UN OVILLO
DE SUPUESTAS NUEVAS ESPERANZAS
NOS PENSÁBAMOS PUNTA DE LANZA
OBEDIENTES FUIMOS DANDO LUMBRE
MIENTRAS SE TREPABAN A LA CUMBRE

LOS HIPÓCRITAS Y PENDENCIEROS
A SUS NÚMEROS CON MUCHOS CEROS
Y ENTRETANTO LOS HIJOS DEL MIEDO
A LLEVAR LAS CUENTAS CON LOS DEDOS
POR SU BOCA HABLABA LA MENTIRA
POR LA NUESTRA REBOSÓ LA IRA
CADA CUAL SALIÓ DE SU AGUJERO
A ABRAZARSE BAJO EL AGUACERO

REITERARON SU FALSA PROMESA
DE LLENAR DE PANES NUESTRA MESA
LA SONRISA CÍNICA DE ANTAÑO
NADA PUDO CONTRA EL DESENGAÑO
LEVANTARON SU NEGRA BANDERA
SIN QUE UN SOPLO DE AIRE LA MOVIERA
NUNCA MÁS DOLOR Y SOBRESALTO
NUESTRAS LAS ACERAS Y EL ASFALTO

Y he aquí el producto de mi juego:

Nuestros son este asfalto y esta acera.
Y son nuestro dolor y el sobresalto
el aire con que ondulan en lo alto
las iras que llevamos por bandera.

Nuestras son la sonrisa y la promesa,
como lo son las bocas y los dedos
con que aun sin pan, sin lumbre y con mil miedos
logramos donar vida a nuestra mesa.

Presa está la esperanza en negro lazo.
Mas, tirando tozuda del hilillo,
confío en deshacer aquel ovillo
para enredarme entera en otro abrazo.

Abrazarse de pie bajo la lluvia,
cada quien amarrado a cada cual,
mirando el desengaño helicoidal
irse, engullido por el agua turbia

Que bienvenido sea el aguacero,
si nos hace salir del agujero.

Tres cumpleaños

    Nada surge de la nada. Tampoco en literatura. Los poetas seleccionan, combinan, transforman, citan. Nosotros los leemos y, si tenemos suerte y lo queremos, de vez en cuando nos sobreviene ese fugacísimo vuelco al corazón o a las tripas que tanto placer causa.

     Rayaba el día de mi cumpleaños de 2008. Una de las profesoras de español con las que trabajaba como lectora me preguntó si podíamos leer algún texto de Miguel Hernández con los alumnos. Le dije que claro. Y como en su manual de literatura aparecían las Nanas de la cebolla, nos decidimos por este poema. El hecho me hizo recordar que ya Miguel Hernández y el aniversario de mi nacimiento habían coincidido en otra ocasión: hacía mucho, mucho tiempo, para la misma fecha, mi padre me había regalado una pequeña antología del poeta. Es uno de los libros que me traje de Barcelona al venir a vivir a Italia. Quise tomar ese pequeño guiño de la memoria como un regalo. Nada más llegar a casa, de vuelta del trabajo, me dirigí a la librería. Localicé el estrecho lomo claro restaurado rudimentariamente con celo– gracias a las cuatro líneas transversales que lo atraviesan en su centro. Tomé el libro y lo abrí. En la primera página, al pie de la dedicatoria, campeaba la fecha “25 de abril de 1974”. Cumplía once añitos (¡me parece que fue antes de ayer!). Pero, volviendo a la clase que tenía que preparar, se me ocurrió proponerles el poema a los alumnos a través de la versión cantada por Serrat (con música de Alberto Cortez). Podía matar dos pájaros de un tiro y aprovechar para presentarles a otro de nuestros cantautores, cuyas canciones han sido vehículo importante de poesía, tanto ajena como propia. De modo que me lancé a Youtube: «Serrat, Nanas de la cebolla». De entre los varios vídeos con que di, me llamó la atención uno en blanco y negro en que cantaba un Joan Manel jovencísimo (¡y guapísimo!). Lo miro una vez, lo miro otra y me parece notar que el teatro en que tiene lugar el recital es… ¡el teatro de mi barrio! Lo compruebo y, efectivamente, lo es: concierto de Serrat en el Casino de la Aliança del Poble Nou. ¿Cuándo? El 28 de marzo de 1974. Mi padre ya debía de andar pensando en qué regalarme un mes más tarde.

     La vida elige, combina y, sobre todo, cita. Y nosotros, si tenemos suerte y lo queremos, la leemos. Pero hay vértigos que no se desencadenan a los once años. Para padecerlos, es preciso esperar a cumplir cuarenta y tantos.

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    Ha pasado más de un lustro desde que escribí lo que acabo de releer. Otro cumpleaños (van 52). Me dirijo de nuevo hacia la librería y vuelvo a extraer el viejo y pequeño volumen. Lo abro, nuevamente emocionada. Y la emoción se me desbarata, volviéndose perpleja decepción, al comprobar que el año en que mi padre me lo regaló no fue el 74, sino el 76. Podría justificarme diciendo que fui inducida a error por la extraña caligrafía (extraña de verdad); pero lo cierto es que la dedicatoria canta claro: «En el teu 13e aniversari». Nada de coincidencias, pues. Nada de citaciones. ¿Poesía por burdo error? Pues bienvenida.

Exámenes que van… y preocupaciones que vienen (Cantos jocosos)

Bueno, pues ya que escasea el tiempo para escribir por placer, voy a subir aquí algo ya añejo. Se trata de unos cantos que, muy en guasa, compuse hace años, casi a principios de mis estudios en la UNED, movida por el temor de enfrentarme al latín, ese gran desconocido. Son ripiosos, lo sé, pero su única función era quitarle dramatismo al asunto, exorcizar el miedo.

Por cierto, el latín me fue bien.

CANTO (n): EXÁMENES QUE VAN …

Aquí llego de nuevo,    lector, querido amigo,
tan loca de contento    por haber concluido
horas en vela, exámenes,    esfuerzos sobrehumanos
y aprestarme a gozar    cuanto pueda el verano.
Que algún que otro agasajo    lo doy por merecido.
Pero hablaré bajito,    no fuera que a los dioses
que habitan el Olimpo    les llegasen las voces,
y viendo presunción    en esta mi leticia
decidieran negarme    de aprobar la delicia.
Mejor es ser prudente,    no anticipar los goces.

CANTO (n+1): … Y PREOCUPACIONES QUE VIENEN

Y así, con disimulo,    digo que ya estoy dando
la espalda a unos asuntos    y a otros voy mirando.
Si zanjar, que ya es hora,    quiero este primer curso
deber es afrontar    de Cicero el discurso.
La cosa me acongoja,    es harto preocupante,
pues cierto es que en mi vida    de joven estudiante
tan solo pocos meses    dediqué a la labor
de hacerme con la lengua    del insigne orador.
Y de eso, amigo mío,    hace ya muchos lustros.
Lo puedo asegurar    sin provocar engaño:
no fue en los años treinta …    mas sí hace treinta años.
A la vejez viruelas.    A la vejez los sustos.

Así que ya me he puesto    a indagar con paciencia
si en mi hueca cabeza    queda reminiscencia.
Y como haberla no hayla,    la cosa es lamentable,
y tener no querría    que afrontar un fracaso,
ruego a Rita la santa    que me eche un santo cable.
Que nadie me lo diga,    ya sé que soy un caso.
¿Dativo o ablativo?    ¿Plural o singular?
Digamos, simplemente,    un caso peculiar.

Etc., etc.

Traduciendo a Rodari. IL DITTATORE

Disfruto con los poemas infantiles de Gianni Rodari. En ellos, el juego del lenguaje, el recurso al absurdo y a lo disparatado no son pura fantasía y diversión, sino verdadero relato del mundo. Su levedad es grave; y su inocencia, sabia.

Il dittatore es un poemita infantil, un microrrelato, delicioso. Su brevedad y austeridad de expresión invitan a practicar con él el ejercicio de la traducción. A mí me invitaron, y como yo no desdeño casi nada, acepté. Aunque sospecho que lo de la traducción fue un pretexto por mi parte para poder permanecer entre esos versos tan fugaces un poquito más de tiempo.

Me he permitido regularizar el metro (¡el oído me lo pedía!). Y he mantenido la rima (asonante en un caso) en los versos pares. Ahí van los dos: il dittatore y el dictador.

IL DITTATORE (Gianni Rodari)                            EL DICTADOR (Gianni Rodari)

Un punto piccoletto,                                                Un punto pequeñito,
superbioso e iracondo                                            soberbio e iracundo,
“dopo di me -gridava-                                             “¡después de mí -gritaba-
verrà la fine del mondo!”                                         llegará el fin del mundo!”

Le parole protestarono:                                           Las palabras protestan:
“Ma che grilli ha pel capo?                                      “¡Menudo disparate!
Si crede un Punto-e-basta,                                     Se cree un Punto-final,
e non è che un Punto-e-a-capo”.                            ese Punto-y-aparte”.

Tutto solo a mezza pagina                                      Solo, en medio del folio,
lo piantarono in asso,                                               lo dejan de plantón,
e il mondo continuò                                                  y el mundo continúa
una riga più in basso.                                               en el otro renglón.

Terrassa-Barcelona

Hace unos años, curioseando en el archivo de RadioUned, di con un programa dedicado a la asignatura de Literatura Medieval cuyo título hacía referencia a uno de los grandes motivos de la poesía cortesana: Morir de amor. En un interesante intento de actualización y de aproximación interdisciplinaria, el profesor Juan Victorio había invitado a la transmisión a Carlos Yela García, docente de Psicología Social en la Complutense. Me llamaron la atención sus planteamientos sobre el amor, sobre la historicidad del concepto, sobre sus múltiples maneras de entenderlo; precisamente, andaba yo en reflexiones sobre el tema. De manera que tomé nota de su libro El amor desde la psicología social. Ni tan libres ni tan racionales (editorial Pirámide). En la primera ocasión en que volviera a Barcelona, trataría de conseguirlo. Así lo hice.

Estas cuestiones danzaban en mi cabeza aquella tarde de verano, en Terrassa, cuando entrando en la estación de los Ferrocarrils de la Generalitat (que hoy en día ya son una suerte de metro de superficie), me topé con un modelo de máquina masticabilletes que no había visto nunca. La señora que venía detrás, muy amable y muy experta, me indicó cómo funcionaba. Y ya nos bajamos al andén charlando. Nos sentamos juntas en el tren. Y nuestras vidas convergieron durante cuarenta minutos.

Me contó que estaba yendo a Barcelona, a un local donde se bailaban tangos, boleros y de todo un poco; que se pasaba horas bailando, que le encantaba, que volvía a casa reventada y por la noche se quedaba dormida como un crío pequeño. Le pregunté si lo hacía a menudo y me contestó que cada día. ¡Cada día! Se había casado a los diecisiete años, había tenido seis hijos y había vivido cincuenta años infernales con un marido que, un día en que a ella se le ocurrió hacerse una permanente, le arreó una tunda que le dejó hasta cicatrices. Ahora, a sus setenta y un años, quería disfrutar de la vida. Además, se había enamorado de un señor; y el señor, de ella. Era un amor clandestino, porque él, que si no recuerdo mal era viudo, no estaba libre (tenía una historia poco feliz). Se veían en el baile dos veces por semana, pero ahí debían mantener las distancias. Eso sí, los lunes por la mañana se encontraban a escondidas en un piso que él tenía; entonces hacían el amor cuanto les apetecía (también me habló de lo vigoroso que aún estaba el hombre a sus setenta y cinco). Me dijo, encandilada, que a ella nunca nadie la había tratado con el respeto y la delicadeza con que lo hacía él. Una mujer habladora, sí, dicharachera, pero muy en sus cabales. Era graciosísima cuando, inclinándose un poco hacia atrás y ladeando la cabeza, exclamaba admirada: “Hay que ver, ¡si parecemos dos críos de catorce años!”. O cuando interrumpía su relato para comentar: “Te estoy contando esto a ti, que no te conozco. Pero, claro, ¡si es que a uno que conozca no puedo explicárselo…!”. Excepto a un hijo de mi misma edad con el que vivía en Terrassa; el cual se preocupaba por ella como un padre. Mi amiga me enseñó una foto de cuando era jovencita; era realmente hermosa. Y seguía siéndolo.

No nos dimos cuenta y ya estábamos entrando en Barcelona. Subimos las escaleras que llevan del andén a la zona de las taquillas. Me dio su número de teléfono. Le dije que la próxima vez que viajase a España la llamaría, para ver cómo procedía todo. Y nos dimos un abrazo; un abrazo muy sentido. Salí a la calle por la Plaça Catalunya, donde comienzan las Ramblas. Emprendí el camino hacia mi casa totalmente alucinada (en el verdadero sentido de la palabra; o casi), como flotando.

Ya me maravilla el simple hecho de que suceda una cosa así: en una ciudad como Venecia, sí, puedes dar con alguien dispuesto a charlar un rato (algún que otro jubilado), pero difícilmente te contará tan inmediata y espontáneamente cuestiones tan personales. Y aún menos osará tocarte (¡no digamos abrazarte!). Pero a la maravilla se le une una buena dosis de perplejidad, si tengo en cuenta que ese curioso encuentro llegó cuando llegó, en un momento en que andaba yo metida en reflexiones. No creo en destinos ni providencias. Digamos que propendo hacia lo tangible. Pero es que hay veces en que la casualidad viene tan pintada, que a uno le cuesta mantenerse firme en sus no creencias.

Nunca la he llamado.

¿Qué fue primero? ¿La gallina o el huevo? Por las estancias de la Lingüística

Hay relaciones que (a mí me) dan vértigo. Entre ellas, las sintagmáticas y las paradigmáticas. O mejor: las que mantienen sintagma y paradigma (y yo con ambos). No consigo asomarme a uno de estos ejes sin verme catapultada, como por arte de magia, al otro. Me asomé a un paradigma y me encontré a un señor artículo que se puso a contarme su vida. Me dijo que era un determinante porque trabajaba siempre con el núcleo nominal, y que solía acompañarlos el modificador. Se empeñó en presentármelos y, así, nos fuimos para el sintagma. En la puerta de la oficina ponía “Sintagma nominal”. Entramos y… ¡aquello era un paradigma! El grupo me contó que podía desempeñar diferentes cometidos; en ese momento estaba trabajando de sujeto, colaborando con otro grupo, un sintagma verbal que hacía, a su vez, de predicado. Queriendo ver cómo trabajaban juntos me encontré, de golpe, de nuevo, en el sintagma. Me vieron mareada de tanto viaje y algo confusa con tanta gente. Y me dijeron: “No te preocupes. Puedes darnos un nombre único: oración simple”. “¡Qué alivio!”, pensé. Pero no sé qué pasó, porque en cuanto pronuncié el nombre “oración simple”, ¡plas!, me hallé de nuevo en el paradigma. Me asusté y decidí no proseguir hacia nuevos sintagmas, paradigmas, sintagmas… por los siglos de los siglos. Entonces, el señor artículo me invitó a comer, así que nos volvimos a su pequeño y acogedor paradigma. Yo estaba contenta de regresar a un punto firme, sólido, bien delimitado. Y, visto que ya habíamos entrado en confianza, el artículo empezó a abrirse y a hablarme de sí mismo. “Soy una clase de palabras de carácter átono que indica si lo designado por el sustantivo o elemento sustantivado es o no consabido”. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver que encerraba todo un sintagmón! “No hay escape”, me dije. Y, por momentos, me sentí caer en un vórtice vertiginoso. Recuperé como pude mi lucidez. Y, aferrándome a mi instinto de supervivencia, decidí permanecer quieta donde estaba, sin volver a emprender viajes ni hacia fuera ni hacia dentro. Pero, eso sí, me quedé con la sospecha de que los dos ejes perpendiculares, paradigma y sintagma, generan en verdad una única esfera.