No, no me he fumado nada. Salgo de un recital poético de Josep Pedrals.

Galería

Esta galería contiene 1 foto

No lo conocía. Pude hacerlo en el encuentro que, bajo el título de Transmedialità in ambito iberico, tuvo lugar el día 23 de noviembre de 2015 en la universidad veneciana de Ca’ Foscari (y cuyo programa puede consultarse aquí: http://intra.unive.it/phpapps/eventi/allegati/event_3280843_2.pdf). … Sigue leyendo

Moldes, masillas y agujas

Empieza a ser preocupante el deterioro de mi memoria, tanto a largo como a mediano y –ahora también– a corto plazo. Aquellas famosas palabras con que García Márquez abre su Vivir para contarla se me revelan hoy angustiosas: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Un qué y un cómo de la memoria, vamos. Entonces, sin el qué del recuerdo no hay vida. El olvido a largo plazo equivale a no haber vivido; a corto plazo, a no estar viviendo. Para resolver o sobrellevar el problema cabría hacer como José Arcadio Buendía, quien, en su lucha contra la desmemoria, andaba rotulando cada cosa con su nombre (el de la cosa). La alternativa es agarrarse al cómo del recuerdo, cual a un clavo ardiendo. Porque la memoria no solo es filtro del pasado; también es molde y hasta excelente masilla con la que reconstruir creativamente lo vivido. Pero…, ¿a qué venía todo esto? Yo solo quería contar una pequeña anécdota que me ocurrió hace mucho mucho tiempo. A ello voy.

Nos desplazamos a una mañana de invierno de mediados de los 80. Hacía poco que residía en Venecia. Caminaba yo por una callejuela de la zona de Rialto y, al pasar ante una vieja mercería, recordé que se me había soltado un hilo de un jersey y que había que arreglarlo, antes de que la prenda retrocediera definitivamente a su estado original de madeja. Hasta entonces, nunca me había visto en el trance de tener que comprar una aguja de coser lana. Me bastaba, para ese tipo de necesidades, echar mano de lo que me ofrecía el abastecido cuarto de costura de mi madre (o echar mano de mi madre). Pero, claro, una crecía y tenía que aprender a afrontar la vida autónomamente. Agarré el liso pomo de latón, empujé la puerta de madera oscura y atravesé el umbral. Mis ojos tardaron un par de segundos en adaptarse a la penumbra interior. Cuando lo hicieron, me devolvieron la imagen de un local relativamente amplio, pero repleto hasta lo inverosímil de cajones, cajas y cajitas de cartón, ovillos de diferentes fibras, un par de devanadores, etc., etc. A mano izquierda, a poca distancia de la entrada y perpendicular a ella, se hallaba el mostrador, también de madera color nogal. Y del mismo material era el altillo, o suerte de baja galería con baranda que corría a media altura de las paredes, y en la que tampoco había atisbo de espacio libre. Cesado el sumiso quejido de la puerta sobre los goznes en su camino de vuelta al quicio, se hicieron el silencio y la calma absolutos. En el centro del mostrador, había sido colocado un busto femenino de madera polícroma. Representaba a una anciana mujer en actitud pensativa: el antebrazo izquierdo reposaba horizontalmente sobre la base, por delante del cuerpo; el antebrazo derecho se erguía, apoyado sobre el codo, para permitir a la mano sostener el mentón; nariz, barbilla y mirada apuntaban hacia el frente. Alguien le había puesto unas gafas de concha con lentes y todo. Era tan realista, que se me cruzó por la cabeza que pudiera ser una persona de verdad; de modo que, por si acaso, emití un «Buon giorno». Como era de prever, no ocurrió nada. Pero encontré la situación divertida, así que, aprovechando que no me veía nadie, decidí seguir practicando mi italiano: «Avrei bisogno di un ago da lana»1. Ya estaba pensando en cómo proseguir con el monólogo cuando, de pronto, percibí un ligero rumor, un leve crujido, como de mecanismo que se pone en marcha. Centré la mirada en el busto y noté que los labios –únicamente los labios– empezaban muy lentamente a moverse y, al hacerlo, se iban quebrando en múltiples grietitas. Me quedé atónita al oír una voz que, con sonoridad entre metálica y pétrea, me respondía: «Par manco de domila lire non se fa gnente»2. Y se restablecieron el silencio y la quietud de museo ochocentista abandonado.

Debía de haberlo soñado, no podía ser de otra manera. En cualquier mercería, un ejército de artículos que costaban menos de «domila lire» esperaban ansiosamente que alguien los adquiriera. Una podía necesitar comprar un metro de goma para arreglarse la cinturilla de una falda; o un jaboncillo de sastre para dibujar un patrón; o hilo de embastar; o un alargador para un sujetador que quedaba demasiado estrecho; o veta; o cordoncillo; o… ¿Cuántas faldas y sujetadores por arreglar había de acumular en el armario antes de poder servirme de la tienda especializada en la venta al detalle del material necesario para esos trabajos? En el Portal de l’Àngel –una de las calles más comerciales y concurridas de Barcelona– existe y resiste la antigua mercería Santa Ana. Nunca la he visto vacía, ni siquiera medio llena: hay siempre tanta cola, que hasta reparten número. Uno puede comprar desde el botón más minúsculo y ordinario hasta los artículos de lencería más caros, con tal de que aguarde su turno con paciencia. Estuve a punto de preguntarle al busto si recordaba en qué año había entrado en la tienda el último cliente. Pero el poco aliento del que no me había privado el estupor solo me alcanzó para un «Grazie, arrivederci». Di media vuelta, agarré otra vez el pomo y salí al aire punzante de la calle. La luz fría de esa mañana de invierno me deslumbró por un momento.

Ahora no pondría la mano en el fuego, pero yo creo que jamás volví a ver ese lugar. Diría que cuando pasé de nuevo por aquella calle, la mercería ya no estaba. Y es bien curioso que haya seguido recordando (o narrándome, que es lo mismo) aquel insignificante episodio con cierta regularidad. Tanto, que ya no sé si lo que recuerdo es la anécdota o el recuerdo de la anécdota, o el recuerdo de su recuerdo. ¿Se recuerda la vivencia o la última narración que de ella nos hemos hecho? Bueno, dejémonos de divagaciones. La cuestión es que con los años he elaborado un sustancioso y contundente enunciado con el que ahora estaría en condiciones de responder adecuadamente a la esfinge. Siguiendo el ejemplo de aquel José Aureliano, me lo he escrito en un papelito. Y lo llevo siempre encima, porque nunca se sabe: en cualquier momento podría suceder que la puerta más común y corriente, que el umbral más anónimo, me hicieran trascender nuevamente y de sopetón a aquel mundo paralelo de ovillos, agujas y bustos parlantes.

¿Que cómo solucioné lo del jersey? Pues…, la verdad es que no lo recuerdo.

1 ‘Necesito una aguja para coser lana’.

2 En dialecto veneciano, ‘Por menos de dos mil liras no se hace nada’. Dos mil liras equivalen a cerca de un euro. Un billete de autobús costaba, por aquel entonces, unas seiscientas liras (treinta céntimos).

Del sentimiento cómico de la vida

Venecia, sábado 24 de octubre de 2015

Mi escritorio tiene forma de ala delta. Un día salió volando disparado, rumbo norte, en busca de quién sabe qué, pero se quedó inevitablemente empotrado en el rincón más septentrional de la casa. Ahí lo dejé y ahí es donde trabajo. No exactamente de cara a la pared, porque sobre los dos catetos del tablero, para entendernos, se abren sendas ventanas que miran hacia jardines, tejados de tejas rojizas, agua, árboles habitados y transitados por gorriones, mirlos y alguna que otra garza; y campanarios (esta ciudad abunda en iglesias). Hoy hace una mañana estupenda. El clima es excepcionalmente seco. Veo la cúpula de piedra de I Gesuati recortarse nítida, sin vapores que difuminen su contorno, contra un cielo que más azul, imposible. A pocos metros de mí, un ciprés desafía con frescura y chulería el tenaz avance del ocre y del óxido. Evoco el olor de la tierra. ¡Mmm! La hiedra del vecino está cada día más vinosa. Y, en este momento, reina la calma.

El otoño se presenta tan tan hermoso, que la deja a una hecha polvo.

Trato de concentrarme en el estudio. Bajo los ojos hacia el Manual de teoría y práctica teatral, del estudioso, docente, dramaturgo y director de teatro José Luis Alonso de Santos. No, el libro no es ningún tocho. Se trata de un texto escrito con extremado rigor teórico, pero que rezuma pasión. Una disposición anímica explícita, a la que el autor llega a dedicar un breve epígrafe («La pasión teatral»). En él se lee: «Por eso creo que la palabra clave que explica el amor de cuantos nos dedicamos al teatro es esa: pasión». Amor y pasión. Qué no moverán.

Trato de concentrarme en el estudio, decía. Hoy toca sumergirse en «La comedia». Recorro las páginas con interés, hasta llegar al apartado que cierra la exposición teórica sobre este género. Su título me sorprende: «Del sentimiento cómico de la vida». La alusión a Unamuno no es un puro juego de palabras. Para don Miguel, nos recuerda Alonso de Santos, la única posibilidad del hombre con sentimiento trágico es «vivir en este continuo conflicto entre la razón y el sentimiento vital» (en otras palabras, vivir en la conciencia de que nuestro deseo siempre va a darse de bruces con la realidad). El sentimiento cómico parte de idéntica angustia, pero encuentra un arma potente para tratar de enfrentarla: la risa. La risa poética: «Hay que descubrir lo poético en lo cómico, la belleza y armonía que, dentro del estilo, le son posibles, huyendo así de lo vulgar, de lo casual y de lo tópico», escribe el autor del Manual. Tragedia y comedia: dos caras de la misma moneda, como suele decirse.

«Del sentimiento cómico de la vida» se abre con una premisa: el teatro de humor requiere una complicidad básica entre todos los sujetos del hecho teatral –autor, director, escenógrafo, actores, público–; complicidad que consiste, precisamente, en tener como un valor positivo el mencionado sentimiento. Seguidamente, Alonso de Santos presenta, a modo de resumen, una lista de «tradiciones y convenciones en el género», que incluye doce puntos. Extraigo algunos de ellos:

[…]

b) Hay que tratar de comunicar que, a pesar de todas las dificultades que existen, la vida merece la pena.

c) No hay que tomarse nuestras pequeñas cosas como si fueran «el centro del mundo» […].

d) Las grandes verdades de la vida no son tan grandes, ni tan verdades. El humor dignifica, en cambio, las pequeñas cosas y los personajes.

e) Cuando caemos ante una dificultad, podemos levantarnos como el payaso del circo, riéndonos de nosotros mismos y haciendo una pirueta.

f) El humor y la risa nos salvan de la tristeza y la melancolía. Y lo que es mucho más importante: de la soledad.

[…]

i) El humor da permiso a los personajes (y al público, al reflejarse en ellos) para no ser héroes, ni santos, ni triunfadores. Descubre el sentido de la proporción entre las cosas, y da a la supervivencia el máximo valor.

j) El humor nos ayuda a salir de la soledad (la carcajada es colectiva). Nos vierte fuera al «divertirnos», y nos ayuda a soportar las cargas negativas de la vida.

[…]

l) Lo cómico es, muchas veces, una venganza a nuestras limitaciones. Tranquiliza el ansia que tenemos de entenderlo y dominarlo todo, y nos ayuda con su escudo a defendernos de la espada que algún día terminará por cortarnos la cabeza.

¿Teoría de la comedia?

Gracias, don José Luis, por haber llegado esta mañana hasta mi escritorio –con el pretexto de hacerme conocer algo sobre un arte apasionado y apasionante– para recordarme todo eso.

Levanto de nuevo la vista hacia las ventanas. Sí, el otoño se presenta hermoso.

Tres cumpleaños

    Nada surge de la nada. Tampoco en literatura. Los poetas seleccionan, combinan, transforman, citan. Nosotros los leemos y, si tenemos suerte y lo queremos, de vez en cuando nos sobreviene ese fugacísimo vuelco al corazón o a las tripas que tanto placer causa.

     Rayaba el día de mi cumpleaños de 2008. Una de las profesoras de español con las que trabajaba como lectora me preguntó si podíamos leer algún texto de Miguel Hernández con los alumnos. Le dije que claro. Y como en su manual de literatura aparecían las Nanas de la cebolla, nos decidimos por este poema. El hecho me hizo recordar que ya Miguel Hernández y el aniversario de mi nacimiento habían coincidido en otra ocasión: hacía mucho, mucho tiempo, para la misma fecha, mi padre me había regalado una pequeña antología del poeta. Es uno de los libros que me traje de Barcelona al venir a vivir a Italia. Quise tomar ese pequeño guiño de la memoria como un regalo. Nada más llegar a casa, de vuelta del trabajo, me dirigí a la librería. Localicé el estrecho lomo claro restaurado rudimentariamente con celo– gracias a las cuatro líneas transversales que lo atraviesan en su centro. Tomé el libro y lo abrí. En la primera página, al pie de la dedicatoria, campeaba la fecha “25 de abril de 1974”. Cumplía once añitos (¡me parece que fue antes de ayer!). Pero, volviendo a la clase que tenía que preparar, se me ocurrió proponerles el poema a los alumnos a través de la versión cantada por Serrat (con música de Alberto Cortez). Podía matar dos pájaros de un tiro y aprovechar para presentarles a otro de nuestros cantautores, cuyas canciones han sido vehículo importante de poesía, tanto ajena como propia. De modo que me lancé a Youtube: «Serrat, Nanas de la cebolla». De entre los varios vídeos con que di, me llamó la atención uno en blanco y negro en que cantaba un Joan Manel jovencísimo (¡y guapísimo!). Lo miro una vez, lo miro otra y me parece notar que el teatro en que tiene lugar el recital es… ¡el teatro de mi barrio! Lo compruebo y, efectivamente, lo es: concierto de Serrat en el Casino de la Aliança del Poble Nou. ¿Cuándo? El 28 de marzo de 1974. Mi padre ya debía de andar pensando en qué regalarme un mes más tarde.

     La vida elige, combina y, sobre todo, cita. Y nosotros, si tenemos suerte y lo queremos, la leemos. Pero hay vértigos que no se desencadenan a los once años. Para padecerlos, es preciso esperar a cumplir cuarenta y tantos.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

    Ha pasado más de un lustro desde que escribí lo que acabo de releer. Otro cumpleaños (van 52). Me dirijo de nuevo hacia la librería y vuelvo a extraer el viejo y pequeño volumen. Lo abro, nuevamente emocionada. Y la emoción se me desbarata, volviéndose perpleja decepción, al comprobar que el año en que mi padre me lo regaló no fue el 74, sino el 76. Podría justificarme diciendo que fui inducida a error por la extraña caligrafía (extraña de verdad); pero lo cierto es que la dedicatoria canta claro: «En el teu 13e aniversari». Nada de coincidencias, pues. Nada de citaciones. ¿Poesía por burdo error? Pues bienvenida.

Terrassa-Barcelona

Hace unos años, curioseando en el archivo de RadioUned, di con un programa dedicado a la asignatura de Literatura Medieval cuyo título hacía referencia a uno de los grandes motivos de la poesía cortesana: Morir de amor. En un interesante intento de actualización y de aproximación interdisciplinaria, el profesor Juan Victorio había invitado a la transmisión a Carlos Yela García, docente de Psicología Social en la Complutense. Me llamaron la atención sus planteamientos sobre el amor, sobre la historicidad del concepto, sobre sus múltiples maneras de entenderlo; precisamente, andaba yo en reflexiones sobre el tema. De manera que tomé nota de su libro El amor desde la psicología social. Ni tan libres ni tan racionales (editorial Pirámide). En la primera ocasión en que volviera a Barcelona, trataría de conseguirlo. Así lo hice.

Estas cuestiones danzaban en mi cabeza aquella tarde de verano, en Terrassa, cuando entrando en la estación de los Ferrocarrils de la Generalitat (que hoy en día ya son una suerte de metro de superficie), me topé con un modelo de máquina masticabilletes que no había visto nunca. La señora que venía detrás, muy amable y muy experta, me indicó cómo funcionaba. Y ya nos bajamos al andén charlando. Nos sentamos juntas en el tren. Y nuestras vidas convergieron durante cuarenta minutos.

Me contó que estaba yendo a Barcelona, a un local donde se bailaban tangos, boleros y de todo un poco; que se pasaba horas bailando, que le encantaba, que volvía a casa reventada y por la noche se quedaba dormida como un crío pequeño. Le pregunté si lo hacía a menudo y me contestó que cada día. ¡Cada día! Se había casado a los diecisiete años, había tenido seis hijos y había vivido cincuenta años infernales con un marido que, un día en que a ella se le ocurrió hacerse una permanente, le arreó una tunda que le dejó hasta cicatrices. Ahora, a sus setenta y un años, quería disfrutar de la vida. Además, se había enamorado de un señor; y el señor, de ella. Era un amor clandestino, porque él, que si no recuerdo mal era viudo, no estaba libre (tenía una historia poco feliz). Se veían en el baile dos veces por semana, pero ahí debían mantener las distancias. Eso sí, los lunes por la mañana se encontraban a escondidas en un piso que él tenía; entonces hacían el amor cuanto les apetecía (también me habló de lo vigoroso que aún estaba el hombre a sus setenta y cinco). Me dijo, encandilada, que a ella nunca nadie la había tratado con el respeto y la delicadeza con que lo hacía él. Una mujer habladora, sí, dicharachera, pero muy en sus cabales. Era graciosísima cuando, inclinándose un poco hacia atrás y ladeando la cabeza, exclamaba admirada: “Hay que ver, ¡si parecemos dos críos de catorce años!”. O cuando interrumpía su relato para comentar: “Te estoy contando esto a ti, que no te conozco. Pero, claro, ¡si es que a uno que conozca no puedo explicárselo…!”. Excepto a un hijo de mi misma edad con el que vivía en Terrassa; el cual se preocupaba por ella como un padre. Mi amiga me enseñó una foto de cuando era jovencita; era realmente hermosa. Y seguía siéndolo.

No nos dimos cuenta y ya estábamos entrando en Barcelona. Subimos las escaleras que llevan del andén a la zona de las taquillas. Me dio su número de teléfono. Le dije que la próxima vez que viajase a España la llamaría, para ver cómo procedía todo. Y nos dimos un abrazo; un abrazo muy sentido. Salí a la calle por la Plaça Catalunya, donde comienzan las Ramblas. Emprendí el camino hacia mi casa totalmente alucinada (en el verdadero sentido de la palabra; o casi), como flotando.

Ya me maravilla el simple hecho de que suceda una cosa así: en una ciudad como Venecia, sí, puedes dar con alguien dispuesto a charlar un rato (algún que otro jubilado), pero difícilmente te contará tan inmediata y espontáneamente cuestiones tan personales. Y aún menos osará tocarte (¡no digamos abrazarte!). Pero a la maravilla se le une una buena dosis de perplejidad, si tengo en cuenta que ese curioso encuentro llegó cuando llegó, en un momento en que andaba yo metida en reflexiones. No creo en destinos ni providencias. Digamos que propendo hacia lo tangible. Pero es que hay veces en que la casualidad viene tan pintada, que a uno le cuesta mantenerse firme en sus no creencias.

Nunca la he llamado.