¿Qué fue primero? ¿La gallina o el huevo? Por las estancias de la Lingüística

Hay relaciones que (a mí me) dan vértigo. Entre ellas, las sintagmáticas y las paradigmáticas. O mejor: las que mantienen sintagma y paradigma (y yo con ambos). No consigo asomarme a uno de estos ejes sin verme catapultada, como por arte de magia, al otro. Me asomé a un paradigma y me encontré a un señor artículo que se puso a contarme su vida. Me dijo que era un determinante porque trabajaba siempre con el núcleo nominal, y que solía acompañarlos el modificador. Se empeñó en presentármelos y, así, nos fuimos para el sintagma. En la puerta de la oficina ponía “Sintagma nominal”. Entramos y… ¡aquello era un paradigma! El grupo me contó que podía desempeñar diferentes cometidos; en ese momento estaba trabajando de sujeto, colaborando con otro grupo, un sintagma verbal que hacía, a su vez, de predicado. Queriendo ver cómo trabajaban juntos me encontré, de golpe, de nuevo, en el sintagma. Me vieron mareada de tanto viaje y algo confusa con tanta gente. Y me dijeron: “No te preocupes. Puedes darnos un nombre único: oración simple”. “¡Qué alivio!”, pensé. Pero no sé qué pasó, porque en cuanto pronuncié el nombre “oración simple”, ¡plas!, me hallé de nuevo en el paradigma. Me asusté y decidí no proseguir hacia nuevos sintagmas, paradigmas, sintagmas… por los siglos de los siglos. Entonces, el señor artículo me invitó a comer, así que nos volvimos a su pequeño y acogedor paradigma. Yo estaba contenta de regresar a un punto firme, sólido, bien delimitado. Y, visto que ya habíamos entrado en confianza, el artículo empezó a abrirse y a hablarme de sí mismo. “Soy una clase de palabras de carácter átono que indica si lo designado por el sustantivo o elemento sustantivado es o no consabido”. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver que encerraba todo un sintagmón! “No hay escape”, me dije. Y, por momentos, me sentí caer en un vórtice vertiginoso. Recuperé como pude mi lucidez. Y, aferrándome a mi instinto de supervivencia, decidí permanecer quieta donde estaba, sin volver a emprender viajes ni hacia fuera ni hacia dentro. Pero, eso sí, me quedé con la sospecha de que los dos ejes perpendiculares, paradigma y sintagma, generan en verdad una única esfera.

Las consecuencias de trasnochar teniendo que madrugar al día siguiente

A eso de las 7.30 subí al tren, como cualquier día laborable. Elegí un asiento y, antes de sumergirme en él, coloqué el paraguas plegable sobre el pequeño portaequipajes que se hallaba justo encima. El tren abandonó la estación de Venecia y embocó los tres kilómetros de puente que, saltando sobre la laguna, alcanzan la tierra firme. Miré hacia fuera. El panorama era de lo más irreal. Avanzábamos como suspendidos entre dos espacios. De una parte, el agua era casi blanca; los rizos espumosos de su superficie eran corderitos de nube que pastaban en un cielo de reflejos plateados. De la otra, el cielo plomizo y ondulado asemejaba un mar revuelto momentos antes de la tormenta (¿existirán, acaso, los pájaros de los abismos?). Esa visión tan insólita de un mundo tan al revés provocó en mi ánimo, todavía somnoliento, una fugaz punzada de pánico. ¿Dónde está el abajo? ¿Dónde el arriba? ¡Un punto de referencia!

Pero la fuerza de gravedad, que tarde o temprano lo coloca todo en su sitio (todo en el mismo sitio), hizo caer el paraguas, providencialmente, de arriba abajo. Y dándome con él en la cabeza, disipó mis dudas sobre dónde debía colocar los pies.

El newtoniano incidente me trajo a la mente la jugosa manzana que, al salir de casa, había deslizado dentro del bolso. Y se me fue el resto del viaje en decidir si ceder o no a la tentación de morderla.