Acerca de janet garcía morago

Graduada en Lengua y Literatura Españolas. Intérprete de música popular por afición.

¿ME PRESTAS LA MEMORIA? (o Los pétalos de la margarita)

        A ese pequeño objeto que sirve para trasladar datos, archivos, etc., entre dos soportes electrónicos (ordenadores, tabletas y demás), siempre le he llamado y oído llamar lápiz o memoria USB. El otro día, en uno de los institutos donde trabajo como lectora, me comentaban dos compañeras italianas, buenas conocedoras del idioma español o castellano, que la denominación lápiz no les sonaba, que en España siempre habían oído hablar de pen. Cuando una vive desde hace años en otro país, por más que viaje al propio con frecuencia, por más que halle en Facebook un aliado insustituible para mantener un contacto cotidiano con los de allá y con lo de allá, por más que lea, etc., sabe que la contaminación lingüística siempre va a estar ahí, al acecho. Y que va a tener que aprender a convivir con el temor a equivocarse o a no estar al día, si el propio trabajo tiene que ver con la enseñanza del español, por ejemplo. De manera que, en parte por esa preocupación, en parte por considerarlo un deber profesional o, simple y llanamente, por diversión, me he lanzado a tratar de resolver este «problema de memoria».

        El primer paso ha consistido en catapultarme a la web de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) para comprobar qué dice al respecto la norma. Creo que la mayor parte de quienes entran en dicha web lo hacen para consultar el diccionario académico (DRAE), mientras son mucho menos conocidos los demás recursos que la institución pone a nuestro alcance en su página. Personalmente, no podría pasar sin dos de ellos: el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) –que da respuesta a cuestiones concernientes a todos los planos de la lengua y tiene en cuenta el uso del castellano tanto en España como en los demás países hispanohablantes– o los corpus lingüísticos –que reúnen muestras de uso recogidas en todo el dominio del idioma, en diferentes canales, en distintas situaciones comunicativas, etc., y que permiten realizar variadas y muy interesantes búsquedas–. Bien: pues ya que he de comprobar qué dice la norma, empiezo mis pesquisas por el DRAE. Bajo la voz lápiz leo:

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        Y el enlace azul me conduce a…

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        También busco USB. El diccionario informa de que con esa sigla se hace referencia a la ranura, por así decirlo, donde se inserta el dispositivo de memoria; y nos dice también que la sigla interviene en la expresión memoria USB:

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        El DRAE incluye algunos extranjerismos en uso, especificando que lo son –véase, por ejemplo, stand– (la norma aclara que, por no ser vocablos del español, deben resaltarse gráficamente, preferentemente en letra cursiva, o bien entre comillas). La palabra pen no aparece ni siquiera como extranjerismo. Pero insisto en que aquí estamos en el terreno de la norma, que siempre va a la zaga del uso. Me dirijo al DPD, por si aporta alguna explicación que no da el DRAE (cosa no infrecuente), pero no encuentro nada. Me voy a la Fundéu (Fundación del Español Urgente). Para quien no la conozca, tal como se lee en su web, esta fundación «es una institución sin ánimo de lucro que tiene como principal objetivo impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación. Nacida en 2005 fruto de un acuerdo entre la Agencia Efe y el banco BBVA, trabaja asesorada por la Real Academia Española» (¡el poder, el poder!).

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        El punto fuerte de la Fundéu, y rasgo esencial suyo, es el hecho de representar un espacio de confrontación/encuentro entre norma y uso siempre actual. Tecleo «lápiz USB» en el apartado de «Recomendaciones» y obtengo lo que sigue:

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        Quizá no se habría dado la literatura ejemplar, en una sociedad ya ejemplar. Tal vez no se habría escrito el Poema de Mio Cid, si la tendencia díscola de los nobles castellanos respecto a sus reyes hubiera sido un problema de escasa envergadura. En cierto sentido, relación parecida mantienen la norma y el uso lingüístico. Sin poner en discusión el valor de la primera (que lo tiene, por varias razones), vamos a dejarla totalmente a un lado para centrarnos en el segundo. En una investigación de verdad, habría que empezar por examinar el estado de la cuestión, es decir, si se ha escrito ya sobre el tema y qué se ha escrito. Yo voy a conformarme con uno de los primeros resultados que me ha devuelto una búsqueda simple en Google. Se trata de un artículo académico de libre acceso publicado por un profesor de la UEM (Universidad Europea de Madrid): «La enseñanza de la terminología para futuros traductores»1. Aborda una serie de problemas relacionados con el estado (nada bueno, a juicio del autor) en que se encuentra el campo de la traducción técnica en el momento en que escribe (el artículo no lleva fecha, pero según consta en las propiedades del PDF, la última modificación del documento data del 21 de junio de 2008). Hacia el final de la página 6, escribe el profesor González Rodríguez: 

Pero hay un asunto que considero mucho más grave; es la subjetividad terminológica o la terminología subjetiva. Basta con consultar los foros de traductores en pos de soluciones para percatarse de que cada cual propone el término que le parece más bonito. Y es probable que acabe incorporando el término más bonito en su traducción. Mi asignatura de terminología empieza con el documento siguiente. Es un intercambio real de correos electrónicos entre traductores que tienen claro el concepto, pero no el término.

         El intercambio de correos entre traductores es de lo más divertido. Reproduzco el documento a continuación (p. 6):

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(p. 7)

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    Animada por lo que acabo de leer, decido emprender mi propio minitrabajo de campo. Utilizo Facebook y Whatsapp para lanzar a amigos y contactos el mensaje: «Sondeo: necesitaría que me dijerais cuál de las varias denominaciones en uso (en castellano) para la memoria USB utilizáis más a menudo (o cuál se utiliza más en vuestro entorno). Gracias por adelantado». Hago notar que en la pregunta, salvo la denominación de base memoria USB, no sugiero ninguna otra. Han respondido a mi encuesta 12 personas, con un total de 23 respuestas (una media de casi 2 por cabeza). Aunque los informantes permanecen en el anonimato, sí indico algunos datos suyos genéricos que, en un estudio serio, deberían tenerse en cuenta, como son la procedencia geográfica, el sexo, la edad, la formación o la ocupación. En cuanto a su procedencia geográfica, hay que señalar que, a excepción de dos encuestados hispanoamericanos que me contestan desde el otro lado del Atlántico, los demás son todos originarios de zonas bilingües (de habla catalana, en alguna de sus variedades, y castellana) o residen en ellas desde hace muchos años. En cuanto a las edades, baste decir que casi todos están por encima de los cincuenta años; los dos jóvenes que no lo están, ya han superado en cualquier caso los treinta años.

        Lanzada la pregunta, enseguida llega la primera respuesta a mi muro de Facebook. Mantengo el siguiente diálogo con un joven literato, restaurador de libros y futuro profesor, residente en una isla balear:

Amigo: Personalmente, prefiero “memoria”; a veces digo “llave”. Pero en mi entorno, dentro de los usos castellanos, he oído decir “pincho”, por ejemplo. Una vez oí llamarlo “minidisco”. Nunca “lápiz”. Caso aparte, los muy socorridos: “eso”, “la cosa esa”, “el pendraif / pendrai”, pero ya no cuentan.

Yo: Me encanta «eso». ¡Es tan sintético y, a la vez, tan abierto…! Rico en connotaciones. Diría que es poético.

Amigo: Admito que “eso” y “cosa” son dos palabras maravillosas.

          Una amiga pintora me contesta desde Sitges: «Pen».

         Barcelona. Una licenciada en Derecho y en Filosofía me escribe: «Creo que lápiz USB es lo más común». Y corrobora su opinión un jurista, el cual añade que «en un contexto adecuado, con decir ‘me lo grabas en un USB’, por ejemplo, es suficiente». Desde la misma ciudad, un músico muy guasón me escribe: «Pendrái. O pendráis, cuando lo digo conscientemente», y una farmacéutica y profesora de Química me pregunta: «¿A qué te refieres? ¿Al pen?». Le digo que yo lo llamo lápiz o memoria USB y me responde: «Yo nunca uso la expresión lápiz de memoria ni memoria USB […]. La expresión lápiz de memoria no creo haberla oído nunca».

         (Hago un aparte para decir que, a mí, la verdad, eso de pen… –«He olvidado mi pen en algún sitio», «Mi pen está estropeado», «Eso te pasa por extraerlo a lo bestia, sin el procedimiento de seguridad»– qué queréis que os diga…).

         Una docente de Ciencias en un centro de enseñanza secundaria barcelonés responde a mi pregunta sobre cómo llama (o se le llama) al objeto en cuestión: «Directamente, un USB». Mi amiga MM vive en una ciudad importante de la provincia de Barcelona y trabaja en las oficinas de un departamento del Ayuntamiento de dicha ciudad; me dice que, en castellano, ella utiliza las expresiones lápiz y memoria externa.

         Cambio de espacio geográfico. Breve diálogo con una ceramista y comerciante de esta artesanía que me escribe desde una pequeña localidad de la provincia de Tarragona:

Amiga: Jo dic “pen” i “llapis”.

Yo: També quan parles en castellà?

Amiga: Ai, és cert, era en castellà… dic “pen”.

        Pero me confiesa que prácticamente solo habla en castellano con un familiar, y nunca sobre temas que requieran usar ese término. Un profesor de Filosofía de un centro de secundaria de la misma provincia me contesta: «Entre la gente joven, lo más habitual es pen drive. Entre gente de más edad, también lápiz de memoria (o llapis de memòria)». Es esta una respuesta compleja, por cuanto, además de la información terminológica, aporta una «metainformación» sobre la incidencia del factor edad en el uso de los distintos términos.

         Desde La Pampa argentina, un amigo me contesta que ahí lo llaman pen drive (se lo ha dicho su hija, una joven diseñadora). Y desde Santiago de Chile, un psicólogo me responde con esta ráfaga de guasaps:

– Memoria USB.

– O memoria.

– O USB.

– Además de con chilenos, trabajo con cubanos y venezolanos y le dicen igual, yo creo.

– «Préstame la memoria», por ejemplo.

         Le contesto que con la cabeza que tengo, a mí sí me vendría bien que me prestaran la memoria.

         En síntesis, en esta minimuestra aparecen los siguientes términos y con la siguiente frecuencia:

  1. variantes de pen drive: 7 veces (incluyo aquí las 2 apariciones de pen);

  2. variantes de memoria: 4 veces;

  3. variantes de lápiz: 4 veces (no cuento los llapis catalanes, és clar);

  4. un USB: 3 veces;

  5. llave: 1 vez;

  6. pincho: 1 vez

  7. minidisco: 1 vez

  8. eso: 1 vez

  9. la cosa esa: 1 vez

        Gana el equipo pen drive con tres puntos de ventaja sobre los equipos memoria y lápiz, que empatan con 4 puntos. Les sigue de cerca un USB. No hay que perder de vista, sin embargo, que el equipo ganador obtiene 7 puntos sobre un total de 23 (o de 21, si excluimos del escrutinio eso y la cosa esa, por ser expresiones más poéticas que técnicas); las demás respuestas representan juntas, pues, dos tercios del total. No he incluido en el recuento los «me gusta» recibidos en Facebook, porque no sé cómo interpretarlos en el marco del sondeo.

        Es evidente que la muestra no es ni de lejos lo suficientemente representativa como para extraer conclusiones certeras sobre variedad de uso y distribución, y que la pregunta ni siquiera está planteada con el suficiente rigor científico. No obstante, a partir de la observación de los resultados de mi sondeo, así como de su comparación con los aportados por González Rodríguez, sí cabe hacer algunas constataciones: 1) que ni la lista de términos elaborada por este profesor ni la mía agotan todas las denominaciones posibles, y lo más probable es que tampoco lo haga la suma de ambas listas; 2) que por lo que respecta a la falta de unanimidad en la denominación del objeto, poco ha cambiado en estos últimos diez años; 3) que tal falta de unanimidad se produce incluso dentro de un mismo ámbito geográfico o espacial reducido; 4) que en muchos casos, ni siquiera el usuario es unánime consigo mismo.

         Recuerdo una anécdota que, allá por el año 82, desde el estrado de un aula que se asemejaba a un cine, en la que entonces era la Facultad de Filosofía, Psicología y Pedagogía de la Universidad de Barcelona, un entrañable José María Valverde nos narraba. Contaba el insigne profesor y poeta que, en sus tiempos de estudiante, hallábanse un día él y un compañero holgazaneando por un parque, cuando se les ocurrió la singular idea de averiguar cuántos pétalos tienen las margaritas. Tras haber deshojado cierta cantidad de estas flores, llegaron por inducción a la siguiente conclusión: ninguna margarita tiene trece pétalos.

         ¿Que por qué me viene a la cabeza esa historia de Valverde justo ahora? Pues, no sé. Extrañas conexiones de la memoria.

1 GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Antonio (2008). http://www.tekom.de/upload/1499/terminologia%20para%20futuros%20traductores.pdf

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¿Qué fue primero? ¿La gallina o el huevo? Por las estancias de la Lingüística

Nota aclaratoria: este texto no tiene, en su origen, la literaria como principal finalidad. Nace como intervención en el foro de dudas y comentarios de una asignatura universitaria de lingüística, cursada hace ya algunos años. Estudiando la cuestión de las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas, no me salió mejor manera de plasmar una reflexión que mediante esta ficción. Las reacciones de quienes me contestaron pueden encuadrarse en tres categorías: 1) la de quienes se tomaron mi desesperación al pie de la letra y trataron de consolarme y animarme (no bromeo); 2) la de aquellos a quienes les hizo gracia el texto o, aún más, el hecho de que me hubiera atrevido a enunciarlo en ese contexto comunicativo más bien formal; 3) la del profesor, que me tomó muy en serio y contestó muy a propósito a lo que yo planteaba, sin hacer la menor alusión a cómo lo planteaba.

janet garcía

Hay relaciones que (a mí me) dan vértigo. Entre ellas, las sintagmáticas y las paradigmáticas. O mejor: las que mantienen sintagma y paradigma (y yo con ambos). No consigo asomarme a uno de estos ejes sin verme catapultada, como por arte de magia, al otro. Me asomé a un paradigma y me encontré a un señor artículo que se puso a contarme su vida. Me dijo que era un determinante porque trabajaba siempre con el núcleo nominal, y que solía acompañarlos el modificador. Se empeñó en presentármelos y, así, nos fuimos para el sintagma. En la puerta de la oficina ponía “Sintagma nominal”. Entramos y… ¡aquello era un paradigma! El grupo me contó que podía desempeñar diferentes cometidos; en ese momento estaba trabajando de sujeto, colaborando con otro grupo, un sintagma verbal que hacía, a su vez, de predicado. Queriendo ver cómo trabajaban juntos me encontré, de golpe, de nuevo…

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Memoria igualadora (o De amores telefónicos)

Tu voz, mi voz, unidas por un hilo,
jugaban a inventarse con palabras
un espacio habitable y compartible
donde dejar de serse solo voces
al extremo de un hilo.

Hubo, así, una cocina, una ventana
abierta a un campo de árboles floridos,
una mesa robusta, un café a medias,
ojos, camisa, manos, un suspiro,
la noche. La mañana.

Y ahora que ya es un tramo de memoria
el tiempo en que inventábamos un mundo,
mundo inventado y voces inventando
parecen, al trasluz, en la distancia,
una única sustancia.

(Microrrelatos de amor en verso)

Efecto óptico (o Cuestión de perspectiva)

Yazgo supina, acaso adormilada,
la espalda acomodada sobre un lecho
tejido con agujas
de pino en tierra húmeda.
El manto de tu cuerpo me acalora,
y ahora
tu peso me retorna la consciencia.
Pereza.
Despejo lentamente la maleza
que me sella los párpados y noto
cómo entra poco a poco
la luz que se enmaraña en mis pestañas.

Enfoco.
Entonces me aparece,
apenas más allá de la nariz,
tu rostro cenital y sonriente,
pegado sobre un cielo de papel
de seda transparente.
Astro de miel
de un universo plano, sin escorzo.
Visión feliz que se me antoja eterna.
Gozo.

Acedia:
por el margen izquierdo del encuadre,
asoma, flop, flop, flop, la mariposa,
aleteando, odiosa, impertinente.
Ya se acerca a tu oreja.
Ya se apresta a pasar tras tu cogote.
Ya me devuelve, así,
tan de repente,
tan aprisa,
el abismo que media
entre el remoto firmamento y tu sonrisa.

                                                         (Microrrelatos de amor en verso)

Ojos que no ven, corazón que siente (o De amor y sinestesia)

¡No, no, que te equivocas!, ¡qué puñeta!
No llevabas el traje azul de lino
ni al cuello la corbata color vino
ni colgada del hombro la chaqueta.

Vestías una simple camiseta
de escote en pico, aviso del camino
que de tu pecho baja a otro destino.
Llevabas pantalones de loneta.

Lo sé, aunque esa noche te esperaba
con la luz apagada, y al abrirte,
te recibí en lo oscuro y no vi nada.

Mas mi olfato, voraz cuando te excava,
y mi tacto, obstinado en definirte,
vieron lo que no pudo la mirada.

                                         (Microrrelatos de amor en verso)

 J

“El cautivo de Til Til”, de Patricio Manns

Patricio Manns no ha optado por un tratamiento épico del tema; aunque habría podido hacerlo, no canta las empresas heroicas del guerrillero. Tampoco se queda en el lirismo propio de la oda, en el elogio explícito. Patricio Manns elige comunicar la grandeza y el carisma del popular héroe de manera indirecta, a través de la percepción personal, íntima, de un observador anónimo. Habla un simple testigo de un breve momento: el del paso de la escolta de alguaciles que lleva a Manuel Rodríguez a Til Til. Del preso solo conoce lo que se rumorea en la ciudad. Observa cómo la gente, al verlo pasar, murmura su nombre, Manuel (detalle significativo, por cuanto el uso del nombre de pila para con alguien denota un vínculo de proximidad con ese alguien). Y el testimonio queda fulgurado por la imagen de ese joven de “porte gentil” que procede hacia su cautiverio (y muerte), cabellos al viento, con el brillo del sol reflejado en los ojos y sonriendo. Al tiempo, nosotros mismos, receptores de la canción, nos transformamos en testigos de la impresión que la simple visión de Manuel Rodríguez provoca en alguien que, al menos hasta ese momento, se situaba fuera de los acontecimientos. Me parece acertadísimo el recurso. Dicho en pocas palabras: ¡ME ENCANTA!

Un texto hermoso. Y una música que parece brotar naturalmente de él. Gracias, maestro.

No, no me he fumado nada. Salgo de un recital poético de Josep Pedrals.

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No lo conocía. Pude hacerlo en el encuentro que, bajo el título de Transmedialità in ambito iberico, tuvo lugar el día 23 de noviembre de 2015 en la universidad veneciana de Ca’ Foscari (y cuyo programa puede consultarse aquí: http://intra.unive.it/phpapps/eventi/allegati/event_3280843_2.pdf). … Sigue leyendo