BARCELONA, 4 DE ENERO DE 2018 (Sincronía y diacronía)

El sincronismo puro resulta ser ahora una ilusión: cada sistema sincrónico contiene su pasado y su futuro, que son elementos estructurales inseparables del sistema.

Jakobson, Tinianov1

Es decir, el valor semántico propio de la palabra se pierde en la bruma del tiempo y conserva un reflejo, una vislumbre del sentido originario […].

Una forma lingüística siempre concreta flujo de tiempo.

Antonio Domínguez Rey2

Vacaciones navideñas en Sitges. Prácticamente, no nos hemos movido de casa. Mañana regresamos a Venecia y solamente nos hemos acercado a Barcelona dos veces: una, para comer y pasar la tarde del 25 donde mi hermano, con la familia; la otra, hoy, para hacer deprisa y corriendo al menos un par de las cosas que habríamos querido hacer estos días.

Brotamos del subsuelo en el chaflán entre Plaça Catalunya y Ronda Universitat. Bajamos hacia las Ramblas. Al pasar ante el café Zurich, les comentamos a Marco y a Andrea lo del altercado que ahí tuvo lugar entre dos grupos de ultraderecha, en ocasión de la manifestación unionista del pasado 12 de octubre. Embocamos Bonsuccés y Elisabets, para dirigirnos a La Central del Raval. Una vez dentro de la librería, cada uno de nosotros tira a su aire. Apunto a la sección de poesía, sin un objetivo concreto.

Tengo en casa un montón de libros que me esperan desde hace larguísimo tiempo para ser leídos (he holgazaneado demasiado y ya no me alcanzará la vida). Aun así, la tentación es grande (e inversamente proporcional al bolsillo). Mi vista recae sobre uno de los ejemplares expuestos: A puerta cerrada, de Luis García Montero, editado el año pasado por Visor Poesía en la colección Palabra de Honor; colección codirigida, según leo, por el propio poeta y profesor granadino. Admiro a este hombre. Suelo seguir los artículos que publica semanalmente en el diario digital Infolibre. Me gusta su manera de denunciar, de criticar, de esperanzarse y desesperanzarse, siempre muy poéticamente. Acertado, el título de su columna: Verso libre.

Sin embargo, antes de abrir esa puerta cerrada, mi atención se desvía hacia otro volumen de la misma serie, colocado justo al lado: Un asombroso invierno. Un hivern fascinant, de Joan Margarit, también publicado en 2017. Lleva en el forro de la contracubierta una breve presentación de García Montero. Leo dos o tres poemas al azar. Se trata de una edición bilingüe en la que tanto las versiones en catalán (en las páginas izquierdas) como las castellanas (en las páginas derechas) son del propio Margarit. Pero lo que me sorprende es que, leyendo las dos versiones del mismo poema, en ocasiones resulta difícil entender cuál es la original, o hasta entender si cabe hablar de original y traducción. Se diría que el autor las ha creado ambas a partir de una misma idea; dos realizaciones de un archipoema, por así decirlo. Las diferencias en el metro de ciertos versos, algunos encabalgamientos, cambios sintácticos, etc., más que ser el producto normal del vertido de una lengua a otra, parecen deberse a una lógica interna del poema-versión en el que se encuentran (lógica no ajena, obviamente, a los rasgos sonoros, rítmicos, propios de cada lengua). Un poemario que, preveo, da pie a la reflexión sobre el bilingüismo y, por supuesto, sobre la tarea de la traducción. Al zurrón.

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Me desplazo unos pasos. Alargo la mano hacia un pequeño volumen que me atrae por el colorido y el diseño de su cubierta, semejante al de un papel pintado modernista: Elogio del refrenamiento (1971-2003), de José Watanabe, editado en 2003 en la Colección “Azul” de la editorial sevillana Renacimiento.

No conozco al autor. Leo en la solapa del libro que nació en Perú, en 1946. Lo abro al azar y voy a dar, curiosamente, con un poema titulado “Mi casa”.

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La casa es cuerpo biológico que el yo ha ido segregando, construyendo “como el pájaro aquel,/ con baba”, y que contiene a su propio cuerpo; y el propio cuerpo es casa, en cuanto convertido en órgano suyo. Una relación simbiótica, visceral, íntima al máximo, dentro de la cual es posible ser de uno mismo y ser de la mujer amada (hecha órgano a su vez); serse, frente a aquel otro que “afuera” es “como todos, del trabajo y de la economía”.

Vaya casualidad, me digo, ir a dar precisamente con ese poema. Hace muy poquito, el 2 de diciembre, fueron presentados, en la librería Marco Polo de Venecia, dos libros de poesía: Verticale, de Maddalena Lotter, y Suite per una notte, de Giulia Rusconi (ambos publicados por Lieto Colle). Durante la charla, se hizo alusión a un aspecto común de la poesía de ambas jóvenes autoras venecianas: la frecuente vinculación entre cuerpo y casa.

[Ahora, en el momento en que escribo estas palabras, busco versos que avalen tal observación. Escribe Maddalena Lotter: “Non avevo una casa a vent’anni,/ il mio corpo era la casa” (Verticale, p. 48). O aún:

I corpi negli anni, questo fa curiosire le mie mani
all ricerca di età diverse
voglio toccarli tutti, gli altri
con i loro mondi di pelle.
Solo la pelle risponde alla domanda sul tempo.
Il corpo sa di case non mie
dove si entra con educazione
togliendosi le scarpe […] (ídem, p. 77).

El propio cuerpo como única casa, todavía por amueblar, de un yo recién lanzado a la vida. O los demás cuerpos como casa (ámbito) de otros tantos mundos, de espacios y tiempos ajenos al propio; los cuerpos representan, por tanto, la única vía de acceso a lo otro (“voglio toccarli tutti, gli altri/ con i loro mondi di pelle”).

Leo en Suite per una notte, de Giulia Rusconi: “[…] Quel calore vivo. È il suo corpo/ la mia cara casa, la mia cura” (p. 43). Y:

Vorrei dire che non c’è pietà
di un corpo che frana alla parete –
a volte – altre volte è accaio
i tendini tirati allo spezzarsi.
Le volte che trema vorrebbe una casa
calda con un caldo grande corpo
tutto intero a contenerlo […] (p. 18).

De nuevo, el cuerpo es casa; ahora, cálida, acogedora, protectora (que acuna y consuela, con ese ronroneo de aliteraciones y paronomasias: calore, corpo, casa, cara, cura). Un cuerpo ajeno en el que el yo anhela refugiarse. Si en los versos de M. Lotter el deseo de conocimiento lleva al deseo de contacto, en los de G. Rusconi, el deseo de amparo conduce al de envolvimiento.

Tangencia (y tal vez intersección), en Lotter; inclusión, en Rusconi; identidad, en Watanabe. El cuerpo-casa es vía de acceso al mundo, o amparo ante los propios miedos, angustias, etc.; la casa-cuerpo es el único ámbito posible de afirmación y existencia al margen de un mundo alienante. Modulaciones de un motivo].

Curioseo un rato más en el libro de Watanabe. Pinta bien, así que me lo quedo.

Me giro y ahí están los estantes de las antologías. Alargo la mano y tomo la Antología Cátedra de Poesía de las Letras Universales, selección e introducción de José Francisco Ruiz Casanova (editada por Cátedra en 2014). Poesía de todos los tiempos y en distintas lenguas, contenida en mil catorce páginas, ¡caramba! No contempla la poesía en castellano, pues tal como explica Ruiz Casanova, «Esta antología tiene, si no una hermana gemela, un libro que la complementa: Antología Cátedra de Poesía de las Letras Hispánicas» (p. 48). (Ninguno de los dos volúmenes, por cierto, considera las poesías catalana, euskera y gallega). Por motivos de espacio, el editor ha prescindido de incluir los textos en lengua original. A pesar de todos los males de los que adolecen, las antologías son funcionales galerías que, a través de sus puertas-ventana, van abriendo el paso a diferentes jardines. En mi caso, lo confieso, muchos de ellos desconocidos. Y como para tranquilizar mi mala conciencia, echo el libro al cesto de la compra.

Joan Margarit, José Watanabe y una pequeña antología de poesía universal. La elección no podría haber sido más casual. (No me había fijado: el nombre de ambos poetas comienza por las mismas letras; y las iniciales de los respectivos apellidos, M y W, son la una el reflejo en el agua de la otra). Nos reunimos en la caja, cada uno con su carga. Pagamos y nos vamos.

Retrocediendo por Bonsuccés, entramos en una tienda de instrumentos musicales. Queremos abastecernos de cejillas flamencas (las que mejor resultado nos han dado, hasta ahora), pero nos dicen que ya no las tienen porque han dejado de existir los artesanos que trabajaban la madera para hacerlas. No nos tragamos el argumento. Ese tipo de cejilla también se fabrica con material plástico, por ejemplo. No las tienen y punto. No importa; otra vez será. Hemos quedado a la una con la Mercè (así, con su artículo y todo) al principio de las Ramblas y ya es la hora. La encontramos sentada cerca de la fuente de Canaletes, en uno de esos banquitos individuales. Hace tiempo que no ve a los niños (que ya tienen casi veintiún y quince años); ya le toca, como a mí, levantar la vista para mirarlos. Pensamos en dónde ir a comer y, tras varias propuestas, decidimos dirigirnos hacia Santa María del Mar y el Born. Propongo pasar antes por el carrer del Bisbe y la esquina de la capilla de Santa Llúcia; me he puesto lírica y quiero mostrarles a mis hijos, por enésima vez, el lugar donde su madre pasó horas entrañables, congelándose el culo sobre aquellos escalones de piedra, compartiendo tantas canciones con amigos, algunos de los cuales aún lo siguen siendo hoy. Pero cuando llegamos ahí, mi familia, que camina delante charlando, ya ha pasado abundantemente de largo. Nos detenemos unos instantes en la famosa esquina, la Mercè (compañera de aquellos tiempos) y yo.

Proseguimos hacia Via Laietana, Argenteria y, finalmente, el Born. La zona, por desgracia, se ha vuelto superturística. Está plagada de locales. Nos viene a la cabeza un restaurante familiar y barato, pero donde se comía bastante bien (recuerdo unas riquísimas y lejanas albóndigas con sepia), situado en la Plaça de les Olles; para allá vamos. La plaza tiene tres restaurantes y ninguno es aquel de antaño. Uno de ellos, no obstante, propone un menú atractivo y barato; y como también el espacio parece acogedor, decidimos entrar en él. Entre los comensales hay gente del lugar. La cocina está bien a la vista de los clientes. Nos acomodan en una mesa del fondo, en un rincón más tranquilo que el resto. En la mesa de al lado, una señora mayor espera sola a que le sirvan la comida. Al pasar, nuestras miradas se cruzan y nos saludamos. Y mientras tomo asiento, pienso que me ha salido natural ese gesto que ya no hago casi nunca. De pequeña, me enseñaron que era de buena educación saludar con un «Bon profit» a los demás comensales cuando se entraba en un restaurante. Me vienen a la cabeza tantos pequeños gestos cotidianos que, en mayor o menor medida, han ido dejando de ser tan cotidianos. Simplemente, constato. Recuerdo que al mudarme a la ciudad de los canales (hace ya varios decenios), me sorprendió, por ejemplo, que, en las escaleras mecánicas, la gente no se colocara a la derecha, dando la posibilidad de circular por la izquierda a quien tuviera prisa; o que, al entrar en el ascensor de un edificio público, no se saludara a quienes ya se encontraban en él; o que no se pidiera el turno en las tiendas; y cosas por el estilo. Ambas ciudades, sus gentes, sus modos de vida y de relación con los demás han ido cambiando mucho a lo largo de estas tres décadas, sí; y, bajo ciertos aspectos, se han ido uniformando. Aun así (pienso, una vez sentada, agarrando con ambas manos los lados del asiento y acercándome con un impulso al borde de la mesa), algo permanece. Parece.

Salimos con el estómago lleno y el espíritu sosegado. Hace un tiempo primaveral, ¿ya lo he dicho? Mientras voy caminando y charlando al lado de mi amiga, me llega no sé qué extraña brisa cargada de no sé qué vagos olores. Y me da un ataque súbito y pasajero de lo que en ese momento interpreto como nostalgia. Más tarde, reflexionando sobre ello, pensaré que la nostalgia no puede ser repentina y pasajera, que es un sentimiento, que se incuba. Y me daré cuenta de que lo que había tomado por nostalgia, en realidad, no había sido otra cosa que la fugaz sensación de despertarme, de pronto, en aquel otro tiempo; la breve pero muy real percepción de no ser yo, la de hoy, más que un sueño de la Janet de aquellos primeros ochenta.

Subimos hasta la altura del metro de Jaume I. Allí nos despedimos de la Mercè. Ella se adentra hacia la plaza Sant Jaume y nosotros proseguimos hacia Urquinaona. Queremos acercarnos a los nuevos Encantes Viejos. Por hache o por be, aún no hemos ido nunca a visitar esa nueva estructura en que se aloja el mercadillo de viejo barcelonés por antonomasia. He consultado antes el horario. En teoría, tenían que cerrar a las 20.00. Llegamos a eso de las 17.00 y ya no nos dejan entrar. Horario navideño, nos explican. Vaya, tampoco esta vez ha podido ser. Decidimos ir a dar una vuelta por mi barrio y ponemos rumbo hacia la Rambla del Poblenou. Todavía no hemos estado nunca en la librería Nollegiu, así que nos acercamos a verla. Se encuentra al lado del mercado, en el local de tres plantas que durante tantos años albergó la Juanita, tienda de ropa femenina, una de las muchas que han ido dejando de existir en la acelerada y continua transformación de un barrio que había permanecido hasta finales de los ochenta tan fiel a sí mismo. Uno de esos comercios cuya desaparición, paradójicamente, es lo que definitivamente los ha colocado en nuestro imaginario bajo el rubro «tiendas de esas de toda la vida». La librería ha conservado la fachada, cubierta de baldosas de cerámica años sesenta (creo), y también el antiguo rótulo. Asimismo han sido conservados elementos internos, como los probadores, y yo juraría que hasta la moqueta. Para mí que se han limitado a entrar, limpiar y llenar con estantes y libros. De ahí, de ese aire de espacio un poco improvisado, le viene a la librería parte de su encanto. La otra parte le viene de la cantidad de iniciativas que lleva a cabo (charlas, cursos, etc.) y de la idea misma de librería que propone. No tiene bar, pero sí un distribuidor automático de bebidas. Uno puede subirse el café al segundo piso, sentarse en algún silloncito o sofá (zona de antiguos probadores) y hojear u ojear cualquier publicación tranquilamente. De los libros expuestos sobre las mesas sobresale un papelito en el que uno de los libreros ha escrito una nota: una opinión personal suya, la opinión de otro compañero («En Joan diu que aquest llibre és…»), alguna indicación sobre el receptor ideal de la obra, etc., etc. En un rincón, lo veo a uno de ellos charlando dale que te pego con un cliente. Vamos, que se trata de un lugar que invita a quedarse. Mi hijo Marco detecta un libro que le interesa; ya nos hemos gastado un montón en La Central… bueno, será su regalo de Reyes. Yo me conformo con un calendario lleno de fotos antiguas del barrio. Legendario.

Una pareja de amigos de Udine acaba de llegar a Barcelona. Él es peruano y viene a visitar a sus hermanos, que viven en esta ciudad desde hace muchísimos años. Hemos quedado con ellos. Se acercan al Poblenou. Va anocheciendo, pero el tiempo sigue siendo rico, así que nos sentamos en una terraza de la Rambla a tomar algo. Es curioso: nos reencontramos hace pocos meses, tras más de dos decenios sin vernos; y ahora nos damos cita aquí, en una ciudad de un país que no es nuestro común país de residencia; en una Barcelona que, calladita calladita, resulta que venía manteniendo relaciones con todos nosotros. El barrio, la ciudad, Italia, mi infancia, mis dieciocho, mi veintena, hoy, amigos y familia de aquí y de allá, gente de entonces y de ahora. De pronto, todo en un punto.

El generoso sol del día se va poniendo; se marcha haciéndonos pam i pipa y devolviéndonos a la realidad del invierno. Hay que frotarse las manos y subirse los cuellos de las chaquetas. Será cuestión de aviarse hacia casa. Nos despedimos de los amigos y nos dirigimos a la estación de Passeig de Gràcia. En el tren, de vuelta a Sitges (ya es de noche), miro el reloj y pienso que sí, que llegaremos hacia esa hora en que, antes de subir a casa, solemos acercarnos donde el Hamid (así, con su artículo y todo), a tomar un vino y unas tapitas de esas que él hace con su pan casero árabe, aromatizado con hierbas y untado con tomate rallado (sincretismo árabe-catalán). Solemos sentarnos un rato ante el televisor para comerlas, viendo algún fragmento de película. Si es buena, nos quedamos a verla entera. (El Hamid, otro amigo entrañable de aquella Barcelona). Son momentos sencillos que me dan una gran sensación de bienestar. No sé si se lo he dicho alguna vez; por las dudas, tendré que hacerlo. Tras la ventanilla del tren, se alternan la oscuridad de los túneles del Garraf y la claridad plateada y nocturna de la costa, a tramos, casi a nuestros pies.

1 JAKOBSON, R.; TINIANOV, J. (1975). «Problemas de los estudios literarios y lingüísticos», en Tzvetan Tódorov (ed.), Teoría de la literatura de los formalistas rusos (2.ª ed.) (pp. 103-105). Siglo XXI (p. 104).
2 DOMÍNGUEZ REY, A. (2012). Texto, mundo y contexto: Intersticios. Madrid: UNED (pp. 27 y 65).

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