No solamente Quijote

Pues sí, es 23 de abril y voy a citar a Cervantes. Pero no voy a traer a colación al Quijote.

El licenciado Vidriera no es precisamente una de las Novelas ejemplares más elogiadas por la crítica, pero qué queréis que os diga: a mí, personalmente, su protagonista no deja de parecerme un personaje entrañable. Y, en cierto sentido, misterioso. Tomás Rodaja entra en la historia siendo  “muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador”, y a los dos caballeros que le preguntan por el nombre de su patria les responde: “ni el de ella ni el de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos a ellos y a ella”. Llega el momento en que puede honrarlos, pero Cervantes nos dejará con las ganas de conocer el origen de su criatura. Seguimos muy de cerca, a su mismo lado, su increíble peripecia vital durante bastantes años (marcada, cómo no, por una locura clarividente y transitoria). Pero muy vagas serán las noticias que tendremos sobre el fin del licenciado; noticias que el autor concentra en las cuatro líneas con las que cierra expeditivamente la historia:

Esto dijo y se fue a Flandes, donde la vida que había comenzado a eternizar por las letras la acabó de eternizar por las armas, en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado.

Entra por casualidad; y lo perdemos de vista, así, cuando le habíamos tomado cierto cariño.

Abro la novela y selecciono, al azar, un fragmento de irónica crítica literaria. Habla el licenciado Vidriera (nombre que adopta el protagonista durante el tramo de su locura):

Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas, por la mayor parte, eran pobres. Respondió que porque ellos querían, pues estaba en su mano ser ricos, si se sabían aprovechar de la ocasión que por momentos traían entre las manos, que eran las de sus damas, que todas eran riquísimas en extremo, pues tenían los cabellos de oro, frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas.

Una narración no exenta de huecos, de sombras. Y no solo eso, claro está. Queda para otra ocasión lo demás.

 

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