Moldes, masillas y agujas

Empieza a ser preocupante el deterioro de mi memoria, tanto a largo como a mediano y –ahora también– a corto plazo. Aquellas famosas palabras con que García Márquez abre su Vivir para contarla se me revelan hoy angustiosas: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Un qué y un cómo de la memoria, vamos. Entonces, sin el qué del recuerdo no hay vida. El olvido a largo plazo equivale a no haber vivido; a corto plazo, a no estar viviendo. Para resolver o sobrellevar el problema cabría hacer como José Arcadio Buendía, quien, en su lucha contra la desmemoria, andaba rotulando cada cosa con su nombre (el de la cosa). La alternativa es agarrarse al cómo del recuerdo, cual a un clavo ardiendo. Porque la memoria no solo es filtro del pasado; también es molde y hasta excelente masilla con la que reconstruir creativamente lo vivido. Pero…, ¿a qué venía todo esto? Yo solo quería contar una pequeña anécdota que me ocurrió hace mucho mucho tiempo. A ello voy.

Nos desplazamos a una mañana de invierno de mediados de los 80. Hacía poco que residía en Venecia. Caminaba yo por una callejuela de la zona de Rialto y, al pasar ante una vieja mercería, recordé que se me había soltado un hilo de un jersey y que había que arreglarlo, antes de que la prenda retrocediera definitivamente a su estado original de madeja. Hasta entonces, nunca me había visto en el trance de tener que comprar una aguja de coser lana. Me bastaba, para ese tipo de necesidades, echar mano de lo que me ofrecía el abastecido cuarto de costura de mi madre (o echar mano de mi madre). Pero, claro, una crecía y tenía que aprender a afrontar la vida autónomamente. Agarré el liso pomo de latón, empujé la puerta de madera oscura y atravesé el umbral. Mis ojos tardaron un par de segundos en adaptarse a la penumbra interior. Cuando lo hicieron, me devolvieron la imagen de un local relativamente amplio, pero repleto hasta lo inverosímil de cajones, cajas y cajitas de cartón, ovillos de diferentes fibras, un par de devanadores, etc., etc. A mano izquierda, a poca distancia de la entrada y perpendicular a ella, se hallaba el mostrador, también de madera color nogal. Y del mismo material era el altillo, o suerte de baja galería con baranda que corría a media altura de las paredes, y en la que tampoco había atisbo de espacio libre. Cesado el sumiso quejido de la puerta sobre los goznes en su camino de vuelta al quicio, se hicieron el silencio y la calma absolutos. En el centro del mostrador, había sido colocado un busto femenino de madera polícroma. Representaba a una anciana mujer en actitud pensativa: el antebrazo izquierdo reposaba horizontalmente sobre la base, por delante del cuerpo; el antebrazo derecho se erguía, apoyado sobre el codo, para permitir a la mano sostener el mentón; nariz, barbilla y mirada apuntaban hacia el frente. Alguien le había puesto unas gafas de concha con lentes y todo. Era tan realista, que se me cruzó por la cabeza que pudiera ser una persona de verdad; de modo que, por si acaso, emití un «Buon giorno». Como era de prever, no ocurrió nada. Pero encontré la situación divertida, así que, aprovechando que no me veía nadie, decidí seguir practicando mi italiano: «Avrei bisogno di un ago da lana»1. Ya estaba pensando en cómo proseguir con el monólogo cuando, de pronto, percibí un ligero rumor, un leve crujido, como de mecanismo que se pone en marcha. Centré la mirada en el busto y noté que los labios –únicamente los labios– empezaban muy lentamente a moverse y, al hacerlo, se iban quebrando en múltiples grietitas. Me quedé atónita al oír una voz que, con sonoridad entre metálica y pétrea, me respondía: «Par manco de domila lire non se fa gnente»2. Y se restablecieron el silencio y la quietud de museo ochocentista abandonado.

Debía de haberlo soñado, no podía ser de otra manera. En cualquier mercería, un ejército de artículos que costaban menos de «domila lire» esperaban ansiosamente que alguien los adquiriera. Una podía necesitar comprar un metro de goma para arreglarse la cinturilla de una falda; o un jaboncillo de sastre para dibujar un patrón; o hilo de embastar; o un alargador para un sujetador que quedaba demasiado estrecho; o veta; o cordoncillo; o… ¿Cuántas faldas y sujetadores por arreglar había de acumular en el armario antes de poder servirme de la tienda especializada en la venta al detalle del material necesario para esos trabajos? En el Portal de l’Àngel –una de las calles más comerciales y concurridas de Barcelona– existe y resiste la antigua mercería Santa Ana. Nunca la he visto vacía, ni siquiera medio llena: hay siempre tanta cola, que hasta reparten número. Uno puede comprar desde el botón más minúsculo y ordinario hasta los artículos de lencería más caros, con tal de que aguarde su turno con paciencia. Estuve a punto de preguntarle al busto si recordaba en qué año había entrado en la tienda el último cliente. Pero el poco aliento del que no me había privado el estupor solo me alcanzó para un «Grazie, arrivederci». Di media vuelta, agarré otra vez el pomo y salí al aire punzante de la calle. La luz fría de esa mañana de invierno me deslumbró por un momento.

Ahora no pondría la mano en el fuego, pero yo creo que jamás volví a ver ese lugar. Diría que cuando pasé de nuevo por aquella calle, la mercería ya no estaba. Y es bien curioso que haya seguido recordando (o narrándome, que es lo mismo) aquel insignificante episodio con cierta regularidad. Tanto, que ya no sé si lo que recuerdo es la anécdota o el recuerdo de la anécdota, o el recuerdo de su recuerdo. ¿Se recuerda la vivencia o la última narración que de ella nos hemos hecho? Bueno, dejémonos de divagaciones. La cuestión es que con los años he elaborado un sustancioso y contundente enunciado con el que ahora estaría en condiciones de responder adecuadamente a la esfinge. Siguiendo el ejemplo de aquel José Aureliano, me lo he escrito en un papelito. Y lo llevo siempre encima, porque nunca se sabe: en cualquier momento podría suceder que la puerta más común y corriente, que el umbral más anónimo, me hicieran trascender nuevamente y de sopetón a aquel mundo paralelo de ovillos, agujas y bustos parlantes.

¿Que cómo solucioné lo del jersey? Pues…, la verdad es que no lo recuerdo.

1 ‘Necesito una aguja para coser lana’.

2 En dialecto veneciano, ‘Por menos de dos mil liras no se hace nada’. Dos mil liras equivalen a cerca de un euro. Un billete de autobús costaba, por aquel entonces, unas seiscientas liras (treinta céntimos).

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