Tres cumpleaños

    Nada surge de la nada. Tampoco en literatura. Los poetas seleccionan, combinan, transforman, citan. Nosotros los leemos y, si tenemos suerte y lo queremos, de vez en cuando nos sobreviene ese fugacísimo vuelco al corazón o a las tripas que tanto placer causa.

     Rayaba el día de mi cumpleaños de 2008. Una de las profesoras de español con las que trabajaba como lectora me preguntó si podíamos leer algún texto de Miguel Hernández con los alumnos. Le dije que claro. Y como en su manual de literatura aparecían las Nanas de la cebolla, nos decidimos por este poema. El hecho me hizo recordar que ya Miguel Hernández y el aniversario de mi nacimiento habían coincidido en otra ocasión: hacía mucho, mucho tiempo, para la misma fecha, mi padre me había regalado una pequeña antología del poeta. Es uno de los libros que me traje de Barcelona al venir a vivir a Italia. Quise tomar ese pequeño guiño de la memoria como un regalo. Nada más llegar a casa, de vuelta del trabajo, me dirigí a la librería. Localicé el estrecho lomo claro restaurado rudimentariamente con celo– gracias a las cuatro líneas transversales que lo atraviesan en su centro. Tomé el libro y lo abrí. En la primera página, al pie de la dedicatoria, campeaba la fecha “25 de abril de 1974”. Cumplía once añitos (¡me parece que fue antes de ayer!). Pero, volviendo a la clase que tenía que preparar, se me ocurrió proponerles el poema a los alumnos a través de la versión cantada por Serrat (con música de Alberto Cortez). Podía matar dos pájaros de un tiro y aprovechar para presentarles a otro de nuestros cantautores, cuyas canciones han sido vehículo importante de poesía, tanto ajena como propia. De modo que me lancé a Youtube: «Serrat, Nanas de la cebolla». De entre los varios vídeos con que di, me llamó la atención uno en blanco y negro en que cantaba un Joan Manel jovencísimo (¡y guapísimo!). Lo miro una vez, lo miro otra y me parece notar que el teatro en que tiene lugar el recital es… ¡el teatro de mi barrio! Lo compruebo y, efectivamente, lo es: concierto de Serrat en el Casino de la Aliança del Poble Nou. ¿Cuándo? El 28 de marzo de 1974. Mi padre ya debía de andar pensando en qué regalarme un mes más tarde.

     La vida elige, combina y, sobre todo, cita. Y nosotros, si tenemos suerte y lo queremos, la leemos. Pero hay vértigos que no se desencadenan a los once años. Para padecerlos, es preciso esperar a cumplir cuarenta y tantos.

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    Ha pasado más de un lustro desde que escribí lo que acabo de releer. Otro cumpleaños (van 52). Me dirijo de nuevo hacia la librería y vuelvo a extraer el viejo y pequeño volumen. Lo abro, nuevamente emocionada. Y la emoción se me desbarata, volviéndose perpleja decepción, al comprobar que el año en que mi padre me lo regaló no fue el 74, sino el 76. Podría justificarme diciendo que fui inducida a error por la extraña caligrafía (extraña de verdad); pero lo cierto es que la dedicatoria canta claro: «En el teu 13e aniversari». Nada de coincidencias, pues. Nada de citaciones. ¿Poesía por burdo error? Pues bienvenida.

Exámenes que van… y preocupaciones que vienen (Cantos jocosos)

Bueno, pues ya que escasea el tiempo para escribir por placer, voy a subir aquí algo ya añejo. Se trata de unos cantos que, muy en guasa, compuse hace años, casi a principios de mis estudios en la UNED, movida por el temor de enfrentarme al latín, ese gran desconocido. Son ripiosos, lo sé, pero su única función era quitarle dramatismo al asunto, exorcizar el miedo.

Por cierto, el latín me fue bien.

CANTO (n): EXÁMENES QUE VAN …

Aquí llego de nuevo,    lector, querido amigo,
tan loca de contento    por haber concluido
horas en vela, exámenes,    esfuerzos sobrehumanos
y aprestarme a gozar    cuanto pueda el verano.
Que algún que otro agasajo    lo doy por merecido.
Pero hablaré bajito,    no fuera que a los dioses
que habitan el Olimpo    les llegasen las voces,
y viendo presunción    en esta mi leticia
decidieran negarme    de aprobar la delicia.
Mejor es ser prudente,    no anticipar los goces.

CANTO (n+1): … Y PREOCUPACIONES QUE VIENEN

Y así, con disimulo,    digo que ya estoy dando
la espalda a unos asuntos    y a otros voy mirando.
Si zanjar, que ya es hora,    quiero este primer curso
deber es afrontar    de Cicero el discurso.
La cosa me acongoja,    es harto preocupante,
pues cierto es que en mi vida    de joven estudiante
tan solo pocos meses    dediqué a la labor
de hacerme con la lengua    del insigne orador.
Y de eso, amigo mío,    hace ya muchos lustros.
Lo puedo asegurar    sin provocar engaño:
no fue en los años treinta …    mas sí hace treinta años.
A la vejez viruelas.    A la vejez los sustos.

Así que ya me he puesto    a indagar con paciencia
si en mi hueca cabeza    queda reminiscencia.
Y como haberla no hayla,    la cosa es lamentable,
y tener no querría    que afrontar un fracaso,
ruego a Rita la santa    que me eche un santo cable.
Que nadie me lo diga,    ya sé que soy un caso.
¿Dativo o ablativo?    ¿Plural o singular?
Digamos, simplemente,    un caso peculiar.

Etc., etc.