Terrassa-Barcelona

Hace unos años, curioseando en el archivo de RadioUned, di con un programa dedicado a la asignatura de Literatura Medieval cuyo título hacía referencia a uno de los grandes motivos de la poesía cortesana: Morir de amor. En un interesante intento de actualización y de aproximación interdisciplinaria, el profesor Juan Victorio había invitado a la transmisión a Carlos Yela García, docente de Psicología Social en la Complutense. Me llamaron la atención sus planteamientos sobre el amor, sobre la historicidad del concepto, sobre sus múltiples maneras de entenderlo; precisamente, andaba yo en reflexiones sobre el tema. De manera que tomé nota de su libro El amor desde la psicología social. Ni tan libres ni tan racionales (editorial Pirámide). En la primera ocasión en que volviera a Barcelona, trataría de conseguirlo. Así lo hice.

Estas cuestiones danzaban en mi cabeza aquella tarde de verano, en Terrassa, cuando entrando en la estación de los Ferrocarrils de la Generalitat (que hoy en día ya son una suerte de metro de superficie), me topé con un modelo de máquina masticabilletes que no había visto nunca. La señora que venía detrás, muy amable y muy experta, me indicó cómo funcionaba. Y ya nos bajamos al andén charlando. Nos sentamos juntas en el tren. Y nuestras vidas convergieron durante cuarenta minutos.

Me contó que estaba yendo a Barcelona, a un local donde se bailaban tangos, boleros y de todo un poco; que se pasaba horas bailando, que le encantaba, que volvía a casa reventada y por la noche se quedaba dormida como un crío pequeño. Le pregunté si lo hacía a menudo y me contestó que cada día. ¡Cada día! Se había casado a los diecisiete años, había tenido seis hijos y había vivido cincuenta años infernales con un marido que, un día en que a ella se le ocurrió hacerse una permanente, le arreó una tunda que le dejó hasta cicatrices. Ahora, a sus setenta y un años, quería disfrutar de la vida. Además, se había enamorado de un señor; y el señor, de ella. Era un amor clandestino, porque él, que si no recuerdo mal era viudo, no estaba libre (tenía una historia poco feliz). Se veían en el baile dos veces por semana, pero ahí debían mantener las distancias. Eso sí, los lunes por la mañana se encontraban a escondidas en un piso que él tenía; entonces hacían el amor cuanto les apetecía (también me habló de lo vigoroso que aún estaba el hombre a sus setenta y cinco). Me dijo, encandilada, que a ella nunca nadie la había tratado con el respeto y la delicadeza con que lo hacía él. Una mujer habladora, sí, dicharachera, pero muy en sus cabales. Era graciosísima cuando, inclinándose un poco hacia atrás y ladeando la cabeza, exclamaba admirada: “Hay que ver, ¡si parecemos dos críos de catorce años!”. O cuando interrumpía su relato para comentar: “Te estoy contando esto a ti, que no te conozco. Pero, claro, ¡si es que a uno que conozca no puedo explicárselo…!”. Excepto a un hijo de mi misma edad con el que vivía en Terrassa; el cual se preocupaba por ella como un padre. Mi amiga me enseñó una foto de cuando era jovencita; era realmente hermosa. Y seguía siéndolo.

No nos dimos cuenta y ya estábamos entrando en Barcelona. Subimos las escaleras que llevan del andén a la zona de las taquillas. Me dio su número de teléfono. Le dije que la próxima vez que viajase a España la llamaría, para ver cómo procedía todo. Y nos dimos un abrazo; un abrazo muy sentido. Salí a la calle por la Plaça Catalunya, donde comienzan las Ramblas. Emprendí el camino hacia mi casa totalmente alucinada (en el verdadero sentido de la palabra; o casi), como flotando.

Ya me maravilla el simple hecho de que suceda una cosa así: en una ciudad como Venecia, sí, puedes dar con alguien dispuesto a charlar un rato (algún que otro jubilado), pero difícilmente te contará tan inmediata y espontáneamente cuestiones tan personales. Y aún menos osará tocarte (¡no digamos abrazarte!). Pero a la maravilla se le une una buena dosis de perplejidad, si tengo en cuenta que ese curioso encuentro llegó cuando llegó, en un momento en que andaba yo metida en reflexiones. No creo en destinos ni providencias. Digamos que propendo hacia lo tangible. Pero es que hay veces en que la casualidad viene tan pintada, que a uno le cuesta mantenerse firme en sus no creencias.

Nunca la he llamado.

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