Las consecuencias de trasnochar teniendo que madrugar al día siguiente

A eso de las 7.30 subí al tren, como cualquier día laborable. Elegí un asiento y, antes de sumergirme en él, coloqué el paraguas plegable sobre el pequeño portaequipajes que se hallaba justo encima. El tren abandonó la estación de Venecia y embocó los tres kilómetros de puente que, saltando sobre la laguna, alcanzan la tierra firme. Miré hacia fuera. El panorama era de lo más irreal. Avanzábamos como suspendidos entre dos espacios. De una parte, el agua era casi blanca; los rizos espumosos de su superficie eran corderitos de nube que pastaban en un cielo de reflejos plateados. De la otra, el cielo plomizo y ondulado asemejaba un mar revuelto momentos antes de la tormenta (¿existirán, acaso, los pájaros de los abismos?). Esa visión tan insólita de un mundo tan al revés provocó en mi ánimo, todavía somnoliento, una fugaz punzada de pánico. ¿Dónde está el abajo? ¿Dónde el arriba? ¡Un punto de referencia!

Pero la fuerza de gravedad, que tarde o temprano lo coloca todo en su sitio (todo en el mismo sitio), hizo caer el paraguas, providencialmente, de arriba abajo. Y dándome con él en la cabeza, disipó mis dudas sobre dónde debía colocar los pies.

El newtoniano incidente me trajo a la mente la jugosa manzana que, al salir de casa, había deslizado dentro del bolso. Y se me fue el resto del viaje en decidir si ceder o no a la tentación de morderla.

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