Traduciendo a Rodari. IL DITTATORE

Disfruto con los poemas infantiles de Gianni Rodari. En ellos, el juego del lenguaje, el recurso al absurdo y a lo disparatado no son pura fantasía y diversión, sino verdadero relato del mundo. Su levedad es grave; y su inocencia, sabia.

Il dittatore es un poemita infantil, un microrrelato, delicioso. Su brevedad y austeridad de expresión invitan a practicar con él el ejercicio de la traducción. A mí me invitaron, y como yo no desdeño casi nada, acepté. Aunque sospecho que lo de la traducción fue un pretexto por mi parte para poder permanecer entre esos versos tan fugaces un poquito más de tiempo.

Me he permitido regularizar el metro (¡el oído me lo pedía!). Y he mantenido la rima (asonante en un caso) en los versos pares. Ahí van los dos: il dittatore y el dictador.

IL DITTATORE (Gianni Rodari)                            EL DICTADOR (Gianni Rodari)

Un punto piccoletto,                                                Un punto pequeñito,
superbioso e iracondo                                            soberbio e iracundo,
“dopo di me -gridava-                                             “¡después de mí -gritaba-
verrà la fine del mondo!”                                         llegará el fin del mundo!”

Le parole protestarono:                                           Las palabras protestan:
“Ma che grilli ha pel capo?                                      “¡Menudo disparate!
Si crede un Punto-e-basta,                                     Se cree un Punto-final,
e non è che un Punto-e-a-capo”.                            ese Punto-y-aparte”.

Tutto solo a mezza pagina                                      Solo, en medio del folio,
lo piantarono in asso,                                               lo dejan de plantón,
e il mondo continuò                                                  y el mundo continúa
una riga più in basso.                                               en el otro renglón.

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Terrassa-Barcelona

Hace unos años, curioseando en el archivo de RadioUned, di con un programa dedicado a la asignatura de Literatura Medieval cuyo título hacía referencia a uno de los grandes motivos de la poesía cortesana: Morir de amor. En un interesante intento de actualización y de aproximación interdisciplinaria, el profesor Juan Victorio había invitado a la transmisión a Carlos Yela García, docente de Psicología Social en la Complutense. Me llamaron la atención sus planteamientos sobre el amor, sobre la historicidad del concepto, sobre sus múltiples maneras de entenderlo; precisamente, andaba yo en reflexiones sobre el tema. De manera que tomé nota de su libro El amor desde la psicología social. Ni tan libres ni tan racionales (editorial Pirámide). En la primera ocasión en que volviera a Barcelona, trataría de conseguirlo. Así lo hice.

Estas cuestiones danzaban en mi cabeza aquella tarde de verano, en Terrassa, cuando entrando en la estación de los Ferrocarrils de la Generalitat (que hoy en día ya son una suerte de metro de superficie), me topé con un modelo de máquina masticabilletes que no había visto nunca. La señora que venía detrás, muy amable y muy experta, me indicó cómo funcionaba. Y ya nos bajamos al andén charlando. Nos sentamos juntas en el tren. Y nuestras vidas convergieron durante cuarenta minutos.

Me contó que estaba yendo a Barcelona, a un local donde se bailaban tangos, boleros y de todo un poco; que se pasaba horas bailando, que le encantaba, que volvía a casa reventada y por la noche se quedaba dormida como un crío pequeño. Le pregunté si lo hacía a menudo y me contestó que cada día. ¡Cada día! Se había casado a los diecisiete años, había tenido seis hijos y había vivido cincuenta años infernales con un marido que, un día en que a ella se le ocurrió hacerse una permanente, le arreó una tunda que le dejó hasta cicatrices. Ahora, a sus setenta y un años, quería disfrutar de la vida. Además, se había enamorado de un señor; y el señor, de ella. Era un amor clandestino, porque él, que si no recuerdo mal era viudo, no estaba libre (tenía una historia poco feliz). Se veían en el baile dos veces por semana, pero ahí debían mantener las distancias. Eso sí, los lunes por la mañana se encontraban a escondidas en un piso que él tenía; entonces hacían el amor cuanto les apetecía (también me habló de lo vigoroso que aún estaba el hombre a sus setenta y cinco). Me dijo, encandilada, que a ella nunca nadie la había tratado con el respeto y la delicadeza con que lo hacía él. Una mujer habladora, sí, dicharachera, pero muy en sus cabales. Era graciosísima cuando, inclinándose un poco hacia atrás y ladeando la cabeza, exclamaba admirada: “Hay que ver, ¡si parecemos dos críos de catorce años!”. O cuando interrumpía su relato para comentar: “Te estoy contando esto a ti, que no te conozco. Pero, claro, ¡si es que a uno que conozca no puedo explicárselo…!”. Excepto a un hijo de mi misma edad con el que vivía en Terrassa; el cual se preocupaba por ella como un padre. Mi amiga me enseñó una foto de cuando era jovencita; era realmente hermosa. Y seguía siéndolo.

No nos dimos cuenta y ya estábamos entrando en Barcelona. Subimos las escaleras que llevan del andén a la zona de las taquillas. Me dio su número de teléfono. Le dije que la próxima vez que viajase a España la llamaría, para ver cómo procedía todo. Y nos dimos un abrazo; un abrazo muy sentido. Salí a la calle por la Plaça Catalunya, donde comienzan las Ramblas. Emprendí el camino hacia mi casa totalmente alucinada (en el verdadero sentido de la palabra; o casi), como flotando.

Ya me maravilla el simple hecho de que suceda una cosa así: en una ciudad como Venecia, sí, puedes dar con alguien dispuesto a charlar un rato (algún que otro jubilado), pero difícilmente te contará tan inmediata y espontáneamente cuestiones tan personales. Y aún menos osará tocarte (¡no digamos abrazarte!). Pero a la maravilla se le une una buena dosis de perplejidad, si tengo en cuenta que ese curioso encuentro llegó cuando llegó, en un momento en que andaba yo metida en reflexiones. No creo en destinos ni providencias. Digamos que propendo hacia lo tangible. Pero es que hay veces en que la casualidad viene tan pintada, que a uno le cuesta mantenerse firme en sus no creencias.

Nunca la he llamado.

¿Qué fue primero? ¿La gallina o el huevo? Por las estancias de la Lingüística

Hay relaciones que (a mí me) dan vértigo. Entre ellas, las sintagmáticas y las paradigmáticas. O mejor: las que mantienen sintagma y paradigma (y yo con ambos). No consigo asomarme a uno de estos ejes sin verme catapultada, como por arte de magia, al otro. Me asomé a un paradigma y me encontré a un señor artículo que se puso a contarme su vida. Me dijo que era un determinante porque trabajaba siempre con el núcleo nominal, y que solía acompañarlos el modificador. Se empeñó en presentármelos y, así, nos fuimos para el sintagma. En la puerta de la oficina ponía “Sintagma nominal”. Entramos y… ¡aquello era un paradigma! El grupo me contó que podía desempeñar diferentes cometidos; en ese momento estaba trabajando de sujeto, colaborando con otro grupo, un sintagma verbal que hacía, a su vez, de predicado. Queriendo ver cómo trabajaban juntos me encontré, de golpe, de nuevo, en el sintagma. Me vieron mareada de tanto viaje y algo confusa con tanta gente. Y me dijeron: “No te preocupes. Puedes darnos un nombre único: oración simple”. “¡Qué alivio!”, pensé. Pero no sé qué pasó, porque en cuanto pronuncié el nombre “oración simple”, ¡plas!, me hallé de nuevo en el paradigma. Me asusté y decidí no proseguir hacia nuevos sintagmas, paradigmas, sintagmas… por los siglos de los siglos. Entonces, el señor artículo me invitó a comer, así que nos volvimos a su pequeño y acogedor paradigma. Yo estaba contenta de regresar a un punto firme, sólido, bien delimitado. Y, visto que ya habíamos entrado en confianza, el artículo empezó a abrirse y a hablarme de sí mismo. “Soy una clase de palabras de carácter átono que indica si lo designado por el sustantivo o elemento sustantivado es o no consabido”. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver que encerraba todo un sintagmón! “No hay escape”, me dije. Y, por momentos, me sentí caer en un vórtice vertiginoso. Recuperé como pude mi lucidez. Y, aferrándome a mi instinto de supervivencia, decidí permanecer quieta donde estaba, sin volver a emprender viajes ni hacia fuera ni hacia dentro. Pero, eso sí, me quedé con la sospecha de que los dos ejes perpendiculares, paradigma y sintagma, generan en verdad una única esfera.

Las consecuencias de trasnochar teniendo que madrugar al día siguiente

A eso de las 7.30 subí al tren, como cualquier día laborable. Elegí un asiento y, antes de sumergirme en él, coloqué el paraguas plegable sobre el pequeño portaequipajes que se hallaba justo encima. El tren abandonó la estación de Venecia y embocó los tres kilómetros de puente que, saltando sobre la laguna, alcanzan la tierra firme. Miré hacia fuera. El panorama era de lo más irreal. Avanzábamos como suspendidos entre dos espacios. De una parte, el agua era casi blanca; los rizos espumosos de su superficie eran corderitos de nube que pastaban en un cielo de reflejos plateados. De la otra, el cielo plomizo y ondulado asemejaba un mar revuelto momentos antes de la tormenta (¿existirán, acaso, los pájaros de los abismos?). Esa visión tan insólita de un mundo tan al revés provocó en mi ánimo, todavía somnoliento, una fugaz punzada de pánico. ¿Dónde está el abajo? ¿Dónde el arriba? ¡Un punto de referencia!

Pero la fuerza de gravedad, que tarde o temprano lo coloca todo en su sitio (todo en el mismo sitio), hizo caer el paraguas, providencialmente, de arriba abajo. Y dándome con él en la cabeza, disipó mis dudas sobre dónde debía colocar los pies.

El newtoniano incidente me trajo a la mente la jugosa manzana que, al salir de casa, había deslizado dentro del bolso. Y se me fue el resto del viaje en decidir si ceder o no a la tentación de morderla.