JAZMINES DE PASO

Que ya está ahí, que sí, que se avecina
ese impaciente tiempo en que se llena
el aire de jazmines, por las calles;
el tiempo blanquiverde de la nube
posada, a descansar, sobre una tapia;
el tiempo de las mil alitas albas
repostando en el húmedo ladrillo.
Ayer lo explicó así el hombre del tiempo:
que este año están partiendo con retraso
las flores migratorias;
que, para remediar el desajuste,
acortarán los pétalos
el tiempo de su escala.

Venecia, 15/4/18

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BARCELONA, 4 DE ENERO DE 2018 (Sincronía y diacronía)

El sincronismo puro resulta ser ahora una ilusión: cada sistema sincrónico contiene su pasado y su futuro, que son elementos estructurales inseparables del sistema.

Jakobson, Tinianov1

Es decir, el valor semántico propio de la palabra se pierde en la bruma del tiempo y conserva un reflejo, una vislumbre del sentido originario […].

Una forma lingüística siempre concreta flujo de tiempo.

Antonio Domínguez Rey2

Vacaciones navideñas en Sitges. Prácticamente, no nos hemos movido de casa. Mañana regresamos a Venecia y solamente nos hemos acercado a Barcelona dos veces: una, para comer y pasar la tarde del 25 donde mi hermano, con la familia; la otra, hoy, para hacer deprisa y corriendo al menos un par de las cosas que habríamos querido hacer estos días.

Brotamos del subsuelo en el chaflán entre Plaça Catalunya y Ronda Universitat. Bajamos hacia las Ramblas. Al pasar ante el café Zurich, les comentamos a Marco y a Andrea lo del altercado que ahí tuvo lugar entre dos grupos de ultraderecha, en ocasión de la manifestación unionista del pasado 12 de octubre. Embocamos Bonsuccés y Elisabets, para dirigirnos a La Central del Raval. Una vez dentro de la librería, cada uno de nosotros tira a su aire. Apunto a la sección de poesía, sin un objetivo concreto.

Tengo en casa un montón de libros que me esperan desde hace larguísimo tiempo para ser leídos (he holgazaneado demasiado y ya no me alcanzará la vida). Aun así, la tentación es grande (e inversamente proporcional al bolsillo). Mi vista recae sobre uno de los ejemplares expuestos: A puerta cerrada, de Luis García Montero, editado el año pasado por Visor Poesía en la colección Palabra de Honor; colección codirigida, según leo, por el propio poeta y profesor granadino. Admiro a este hombre. Suelo seguir los artículos que publica semanalmente en el diario digital Infolibre. Me gusta su manera de denunciar, de criticar, de esperanzarse y desesperanzarse, siempre muy poéticamente. Acertado, el título de su columna: Verso libre.

Sin embargo, antes de abrir esa puerta cerrada, mi atención se desvía hacia otro volumen de la misma serie, colocado justo al lado: Un asombroso invierno. Un hivern fascinant, de Joan Margarit, también publicado en 2017. Lleva en el forro de la contracubierta una breve presentación de García Montero. Leo dos o tres poemas al azar. Se trata de una edición bilingüe en la que tanto las versiones en catalán (en las páginas izquierdas) como las castellanas (en las páginas derechas) son del propio Margarit. Pero lo que me sorprende es que, leyendo las dos versiones del mismo poema, en ocasiones resulta difícil entender cuál es la original, o hasta entender si cabe hablar de original y traducción. Se diría que el autor las ha creado ambas a partir de una misma idea; dos realizaciones de un archipoema, por así decirlo. Las diferencias en el metro de ciertos versos, algunos encabalgamientos, cambios sintácticos, etc., más que ser el producto normal del vertido de una lengua a otra, parecen deberse a una lógica interna del poema-versión en el que se encuentran (lógica no ajena, obviamente, a los rasgos sonoros, rítmicos, propios de cada lengua). Un poemario que, preveo, da pie a la reflexión sobre el bilingüismo y, por supuesto, sobre la tarea de la traducción. Al zurrón.

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Me desplazo unos pasos. Alargo la mano hacia un pequeño volumen que me atrae por el colorido y el diseño de su cubierta, semejante al de un papel pintado modernista: Elogio del refrenamiento (1971-2003), de José Watanabe, editado en 2003 en la Colección “Azul” de la editorial sevillana Renacimiento.

No conozco al autor. Leo en la solapa del libro que nació en Perú, en 1946. Lo abro al azar y voy a dar, curiosamente, con un poema titulado “Mi casa”.

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La casa es cuerpo biológico que el yo ha ido segregando, construyendo “como el pájaro aquel,/ con baba”, y que contiene a su propio cuerpo; y el propio cuerpo es casa, en cuanto convertido en órgano suyo. Una relación simbiótica, visceral, íntima al máximo, dentro de la cual es posible ser de uno mismo y ser de la mujer amada (hecha órgano a su vez); serse, frente a aquel otro que “afuera” es “como todos, del trabajo y de la economía”.

Vaya casualidad, me digo, ir a dar precisamente con ese poema. Hace muy poquito, el 2 de diciembre, fueron presentados, en la librería Marco Polo de Venecia, dos libros de poesía: Verticale, de Maddalena Lotter, y Suite per una notte, de Giulia Rusconi (ambos publicados por Lieto Colle). Durante la charla, se hizo alusión a un aspecto común de la poesía de ambas jóvenes autoras venecianas: la frecuente vinculación entre cuerpo y casa.

[Ahora, en el momento en que escribo estas palabras, busco versos que avalen tal observación. Escribe Maddalena Lotter: “Non avevo una casa a vent’anni,/ il mio corpo era la casa” (Verticale, p. 48). O aún:

I corpi negli anni, questo fa curiosire le mie mani
all ricerca di età diverse
voglio toccarli tutti, gli altri
con i loro mondi di pelle.
Solo la pelle risponde alla domanda sul tempo.
Il corpo sa di case non mie
dove si entra con educazione
togliendosi le scarpe […] (ídem, p. 77).

El propio cuerpo como única casa, todavía por amueblar, de un yo recién lanzado a la vida. O los demás cuerpos como casa (ámbito) de otros tantos mundos, de espacios y tiempos ajenos al propio; los cuerpos representan, por tanto, la única vía de acceso a lo otro (“voglio toccarli tutti, gli altri/ con i loro mondi di pelle”).

Leo en Suite per una notte, de Giulia Rusconi: “[…] Quel calore vivo. È il suo corpo/ la mia cara casa, la mia cura” (p. 43). Y:

Vorrei dire che non c’è pietà
di un corpo che frana alla parete –
a volte – altre volte è accaio
i tendini tirati allo spezzarsi.
Le volte che trema vorrebbe una casa
calda con un caldo grande corpo
tutto intero a contenerlo […] (p. 18).

De nuevo, el cuerpo es casa; ahora, cálida, acogedora, protectora (que acuna y consuela, con ese ronroneo de aliteraciones y paronomasias: calore, corpo, casa, cara, cura). Un cuerpo ajeno en el que el yo anhela refugiarse. Si en los versos de M. Lotter el deseo de conocimiento lleva al deseo de contacto, en los de G. Rusconi, el deseo de amparo conduce al de envolvimiento.

Tangencia (y tal vez intersección), en Lotter; inclusión, en Rusconi; identidad, en Watanabe. El cuerpo-casa es vía de acceso al mundo, o amparo ante los propios miedos, angustias, etc.; la casa-cuerpo es el único ámbito posible de afirmación y existencia al margen de un mundo alienante. Modulaciones de un motivo].

Curioseo un rato más en el libro de Watanabe. Pinta bien, así que me lo quedo.

Me giro y ahí están los estantes de las antologías. Alargo la mano y tomo la Antología Cátedra de Poesía de las Letras Universales, selección e introducción de José Francisco Ruiz Casanova (editada por Cátedra en 2014). Poesía de todos los tiempos y en distintas lenguas, contenida en mil catorce páginas, ¡caramba! No contempla la poesía en castellano, pues tal como explica Ruiz Casanova, «Esta antología tiene, si no una hermana gemela, un libro que la complementa: Antología Cátedra de Poesía de las Letras Hispánicas» (p. 48). (Ninguno de los dos volúmenes, por cierto, considera las poesías catalana, euskera y gallega). Por motivos de espacio, el editor ha prescindido de incluir los textos en lengua original. A pesar de todos los males de los que adolecen, las antologías son funcionales galerías que, a través de sus puertas-ventana, van abriendo el paso a diferentes jardines. En mi caso, lo confieso, muchos de ellos desconocidos. Y como para tranquilizar mi mala conciencia, echo el libro al cesto de la compra.

Joan Margarit, José Watanabe y una pequeña antología de poesía universal. La elección no podría haber sido más casual. (No me había fijado: el nombre de ambos poetas comienza por las mismas letras; y las iniciales de los respectivos apellidos, M y W, son la una el reflejo en el agua de la otra). Nos reunimos en la caja, cada uno con su carga. Pagamos y nos vamos.

Retrocediendo por Bonsuccés, entramos en una tienda de instrumentos musicales. Queremos abastecernos de cejillas flamencas (las que mejor resultado nos han dado, hasta ahora), pero nos dicen que ya no las tienen porque han dejado de existir los artesanos que trabajaban la madera para hacerlas. No nos tragamos el argumento. Ese tipo de cejilla también se fabrica con material plástico, por ejemplo. No las tienen y punto. No importa; otra vez será. Hemos quedado a la una con la Mercè (así, con su artículo y todo) al principio de las Ramblas y ya es la hora. La encontramos sentada cerca de la fuente de Canaletes, en uno de esos banquitos individuales. Hace tiempo que no ve a los niños (que ya tienen casi veintiún y quince años); ya le toca, como a mí, levantar la vista para mirarlos. Pensamos en dónde ir a comer y, tras varias propuestas, decidimos dirigirnos hacia Santa María del Mar y el Born. Propongo pasar antes por el carrer del Bisbe y la esquina de la capilla de Santa Llúcia; me he puesto lírica y quiero mostrarles a mis hijos, por enésima vez, el lugar donde su madre pasó horas entrañables, congelándose el culo sobre aquellos escalones de piedra, compartiendo tantas canciones con amigos, algunos de los cuales aún lo siguen siendo hoy. Pero cuando llegamos ahí, mi familia, que camina delante charlando, ya ha pasado abundantemente de largo. Nos detenemos unos instantes en la famosa esquina, la Mercè (compañera de aquellos tiempos) y yo.

Proseguimos hacia Via Laietana, Argenteria y, finalmente, el Born. La zona, por desgracia, se ha vuelto superturística. Está plagada de locales. Nos viene a la cabeza un restaurante familiar y barato, pero donde se comía bastante bien (recuerdo unas riquísimas y lejanas albóndigas con sepia), situado en la Plaça de les Olles; para allá vamos. La plaza tiene tres restaurantes y ninguno es aquel de antaño. Uno de ellos, no obstante, propone un menú atractivo y barato; y como también el espacio parece acogedor, decidimos entrar en él. Entre los comensales hay gente del lugar. La cocina está bien a la vista de los clientes. Nos acomodan en una mesa del fondo, en un rincón más tranquilo que el resto. En la mesa de al lado, una señora mayor espera sola a que le sirvan la comida. Al pasar, nuestras miradas se cruzan y nos saludamos. Y mientras tomo asiento, pienso que me ha salido natural ese gesto que ya no hago casi nunca. De pequeña, me enseñaron que era de buena educación saludar con un «Bon profit» a los demás comensales cuando se entraba en un restaurante. Me vienen a la cabeza tantos pequeños gestos cotidianos que, en mayor o menor medida, han ido dejando de ser tan cotidianos. Simplemente, constato. Recuerdo que al mudarme a la ciudad de los canales (hace ya varios decenios), me sorprendió, por ejemplo, que, en las escaleras mecánicas, la gente no se colocara a la derecha, dando la posibilidad de circular por la izquierda a quien tuviera prisa; o que, al entrar en el ascensor de un edificio público, no se saludara a quienes ya se encontraban en él; o que no se pidiera el turno en las tiendas; y cosas por el estilo. Ambas ciudades, sus gentes, sus modos de vida y de relación con los demás han ido cambiando mucho a lo largo de estas tres décadas, sí; y, bajo ciertos aspectos, se han ido uniformando. Aun así (pienso, una vez sentada, agarrando con ambas manos los lados del asiento y acercándome con un impulso al borde de la mesa), algo permanece. Parece.

Salimos con el estómago lleno y el espíritu sosegado. Hace un tiempo primaveral, ¿ya lo he dicho? Mientras voy caminando y charlando al lado de mi amiga, me llega no sé qué extraña brisa cargada de no sé qué vagos olores. Y me da un ataque súbito y pasajero de lo que en ese momento interpreto como nostalgia. Más tarde, reflexionando sobre ello, pensaré que la nostalgia no puede ser repentina y pasajera, que es un sentimiento, que se incuba. Y me daré cuenta de que lo que había tomado por nostalgia, en realidad, no había sido otra cosa que la fugaz sensación de despertarme, de pronto, en aquel otro tiempo; la breve pero muy real percepción de no ser yo, la de hoy, más que un sueño de la Janet de aquellos primeros ochenta.

Subimos hasta la altura del metro de Jaume I. Allí nos despedimos de la Mercè. Ella se adentra hacia la plaza Sant Jaume y nosotros proseguimos hacia Urquinaona. Queremos acercarnos a los nuevos Encantes Viejos. Por hache o por be, aún no hemos ido nunca a visitar esa nueva estructura en que se aloja el mercadillo de viejo barcelonés por antonomasia. He consultado antes el horario. En teoría, tenían que cerrar a las 20.00. Llegamos a eso de las 17.00 y ya no nos dejan entrar. Horario navideño, nos explican. Vaya, tampoco esta vez ha podido ser. Decidimos ir a dar una vuelta por mi barrio y ponemos rumbo hacia la Rambla del Poblenou. Todavía no hemos estado nunca en la librería Nollegiu, así que nos acercamos a verla. Se encuentra al lado del mercado, en el local de tres plantas que durante tantos años albergó la Juanita, tienda de ropa femenina, una de las muchas que han ido dejando de existir en la acelerada y continua transformación de un barrio que había permanecido hasta finales de los ochenta tan fiel a sí mismo. Uno de esos comercios cuya desaparición, paradójicamente, es lo que definitivamente los ha colocado en nuestro imaginario bajo el rubro «tiendas de esas de toda la vida». La librería ha conservado la fachada, cubierta de baldosas de cerámica años sesenta (creo), y también el antiguo rótulo. Asimismo han sido conservados elementos internos, como los probadores, y yo juraría que hasta la moqueta. Para mí que se han limitado a entrar, limpiar y llenar con estantes y libros. De ahí, de ese aire de espacio un poco improvisado, le viene a la librería parte de su encanto. La otra parte le viene de la cantidad de iniciativas que lleva a cabo (charlas, cursos, etc.) y de la idea misma de librería que propone. No tiene bar, pero sí un distribuidor automático de bebidas. Uno puede subirse el café al segundo piso, sentarse en algún silloncito o sofá (zona de antiguos probadores) y hojear u ojear cualquier publicación tranquilamente. De los libros expuestos sobre las mesas sobresale un papelito en el que uno de los libreros ha escrito una nota: una opinión personal suya, la opinión de otro compañero («En Joan diu que aquest llibre és…»), alguna indicación sobre el receptor ideal de la obra, etc., etc. En un rincón, lo veo a uno de ellos charlando dale que te pego con un cliente. Vamos, que se trata de un lugar que invita a quedarse. Mi hijo Marco detecta un libro que le interesa; ya nos hemos gastado un montón en La Central… bueno, será su regalo de Reyes. Yo me conformo con un calendario lleno de fotos antiguas del barrio. Legendario.

Una pareja de amigos de Udine acaba de llegar a Barcelona. Él es peruano y viene a visitar a sus hermanos, que viven en esta ciudad desde hace muchísimos años. Hemos quedado con ellos. Se acercan al Poblenou. Va anocheciendo, pero el tiempo sigue siendo rico, así que nos sentamos en una terraza de la Rambla a tomar algo. Es curioso: nos reencontramos hace pocos meses, tras más de dos decenios sin vernos; y ahora nos damos cita aquí, en una ciudad de un país que no es nuestro común país de residencia; en una Barcelona que, calladita calladita, resulta que venía manteniendo relaciones con todos nosotros. El barrio, la ciudad, Italia, mi infancia, mis dieciocho, mi veintena, hoy, amigos y familia de aquí y de allá, gente de entonces y de ahora. De pronto, todo en un punto.

El generoso sol del día se va poniendo; se marcha haciéndonos pam i pipa y devolviéndonos a la realidad del invierno. Hay que frotarse las manos y subirse los cuellos de las chaquetas. Será cuestión de aviarse hacia casa. Nos despedimos de los amigos y nos dirigimos a la estación de Passeig de Gràcia. En el tren, de vuelta a Sitges (ya es de noche), miro el reloj y pienso que sí, que llegaremos hacia esa hora en que, antes de subir a casa, solemos acercarnos donde el Hamid (así, con su artículo y todo), a tomar un vino y unas tapitas de esas que él hace con su pan casero árabe, aromatizado con hierbas y untado con tomate rallado (sincretismo árabe-catalán). Solemos sentarnos un rato ante el televisor para comerlas, viendo algún fragmento de película. Si es buena, nos quedamos a verla entera. (El Hamid, otro amigo entrañable de aquella Barcelona). Son momentos sencillos que me dan una gran sensación de bienestar. No sé si se lo he dicho alguna vez; por las dudas, tendré que hacerlo. Tras la ventanilla del tren, se alternan la oscuridad de los túneles del Garraf y la claridad plateada y nocturna de la costa, a tramos, casi a nuestros pies.

1 JAKOBSON, R.; TINIANOV, J. (1975). «Problemas de los estudios literarios y lingüísticos», en Tzvetan Tódorov (ed.), Teoría de la literatura de los formalistas rusos (2.ª ed.) (pp. 103-105). Siglo XXI (p. 104).
2 DOMÍNGUEZ REY, A. (2012). Texto, mundo y contexto: Intersticios. Madrid: UNED (pp. 27 y 65).

¿ME PRESTAS LA MEMORIA? (o Los pétalos de la margarita)

        A ese pequeño objeto que sirve para trasladar datos, archivos, etc., entre dos soportes electrónicos (ordenadores, tabletas y demás), siempre le he llamado y oído llamar lápiz o memoria USB. El otro día, en uno de los institutos donde trabajo como lectora, me comentaban dos compañeras italianas, buenas conocedoras del idioma español o castellano, que la denominación lápiz no les sonaba, que en España siempre habían oído hablar de pen. Cuando una vive desde hace años en otro país, por más que viaje al propio con frecuencia, por más que halle en Facebook un aliado insustituible para mantener un contacto cotidiano con los de allá y con lo de allá, por más que lea, etc., sabe que la contaminación lingüística siempre va a estar ahí, al acecho. Y que va a tener que aprender a convivir con el temor a equivocarse o a no estar al día, si el propio trabajo tiene que ver con la enseñanza del español, por ejemplo. De manera que, en parte por esa preocupación, en parte por considerarlo un deber profesional o, simple y llanamente, por diversión, me he lanzado a tratar de resolver este «problema de memoria».

        El primer paso ha consistido en catapultarme a la web de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) para comprobar qué dice al respecto la norma. Creo que la mayor parte de quienes entran en dicha web lo hacen para consultar el diccionario académico (DRAE), mientras son mucho menos conocidos los demás recursos que la institución pone a nuestro alcance en su página. Personalmente, no podría pasar sin dos de ellos: el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) –que da respuesta a cuestiones concernientes a todos los planos de la lengua y tiene en cuenta el uso del castellano tanto en España como en los demás países hispanohablantes– o los corpus lingüísticos –que reúnen muestras de uso recogidas en todo el dominio del idioma, en diferentes canales, en distintas situaciones comunicativas, etc., y que permiten realizar variadas y muy interesantes búsquedas–. Bien: pues ya que he de comprobar qué dice la norma, empiezo mis pesquisas por el DRAE. Bajo la voz lápiz leo:

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        Y el enlace azul me conduce a…

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        También busco USB. El diccionario informa de que con esa sigla se hace referencia a la ranura, por así decirlo, donde se inserta el dispositivo de memoria; y nos dice también que la sigla interviene en la expresión memoria USB:

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        El DRAE incluye algunos extranjerismos en uso, especificando que lo son –véase, por ejemplo, stand– (la norma aclara que, por no ser vocablos del español, deben resaltarse gráficamente, preferentemente en letra cursiva, o bien entre comillas). La palabra pen no aparece ni siquiera como extranjerismo. Pero insisto en que aquí estamos en el terreno de la norma, que siempre va a la zaga del uso. Me dirijo al DPD, por si aporta alguna explicación que no da el DRAE (cosa no infrecuente), pero no encuentro nada. Me voy a la Fundéu (Fundación del Español Urgente). Para quien no la conozca, tal como se lee en su web, esta fundación «es una institución sin ánimo de lucro que tiene como principal objetivo impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación. Nacida en 2005 fruto de un acuerdo entre la Agencia Efe y el banco BBVA, trabaja asesorada por la Real Academia Española» (¡el poder, el poder!).

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        El punto fuerte de la Fundéu, y rasgo esencial suyo, es el hecho de representar un espacio de confrontación/encuentro entre norma y uso siempre actual. Tecleo «lápiz USB» en el apartado de «Recomendaciones» y obtengo lo que sigue:

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        Quizá no se habría dado la literatura ejemplar, en una sociedad ya ejemplar. Tal vez no se habría escrito el Poema de Mio Cid, si la tendencia díscola de los nobles castellanos respecto a sus reyes hubiera sido un problema de escasa envergadura. En cierto sentido, relación parecida mantienen la norma y el uso lingüístico. Sin poner en discusión el valor de la primera (que lo tiene, por varias razones), vamos a dejarla totalmente a un lado para centrarnos en el segundo. En una investigación de verdad, habría que empezar por examinar el estado de la cuestión, es decir, si se ha escrito ya sobre el tema y qué se ha escrito. Yo voy a conformarme con uno de los primeros resultados que me ha devuelto una búsqueda simple en Google. Se trata de un artículo académico de libre acceso publicado por un profesor de la UEM (Universidad Europea de Madrid): «La enseñanza de la terminología para futuros traductores»1. Aborda una serie de problemas relacionados con el estado (nada bueno, a juicio del autor) en que se encuentra el campo de la traducción técnica en el momento en que escribe (el artículo no lleva fecha, pero según consta en las propiedades del PDF, la última modificación del documento data del 21 de junio de 2008). Hacia el final de la página 6, escribe el profesor González Rodríguez: 

Pero hay un asunto que considero mucho más grave; es la subjetividad terminológica o la terminología subjetiva. Basta con consultar los foros de traductores en pos de soluciones para percatarse de que cada cual propone el término que le parece más bonito. Y es probable que acabe incorporando el término más bonito en su traducción. Mi asignatura de terminología empieza con el documento siguiente. Es un intercambio real de correos electrónicos entre traductores que tienen claro el concepto, pero no el término.

         El intercambio de correos entre traductores es de lo más divertido. Reproduzco el documento a continuación (p. 6):

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(p. 7)

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    Animada por lo que acabo de leer, decido emprender mi propio minitrabajo de campo. Utilizo Facebook y Whatsapp para lanzar a amigos y contactos el mensaje: «Sondeo: necesitaría que me dijerais cuál de las varias denominaciones en uso (en castellano) para la memoria USB utilizáis más a menudo (o cuál se utiliza más en vuestro entorno). Gracias por adelantado». Hago notar que en la pregunta, salvo la denominación de base memoria USB, no sugiero ninguna otra. Han respondido a mi encuesta 12 personas, con un total de 23 respuestas (una media de casi 2 por cabeza). Aunque los informantes permanecen en el anonimato, sí indico algunos datos suyos genéricos que, en un estudio serio, deberían tenerse en cuenta, como son la procedencia geográfica, el sexo, la edad, la formación o la ocupación. En cuanto a su procedencia geográfica, hay que señalar que, a excepción de dos encuestados hispanoamericanos que me contestan desde el otro lado del Atlántico, los demás son todos originarios de zonas bilingües (de habla catalana, en alguna de sus variedades, y castellana) o residen en ellas desde hace muchos años. En cuanto a las edades, baste decir que casi todos están por encima de los cincuenta años; los dos jóvenes que no lo están, ya han superado en cualquier caso los treinta años.

        Lanzada la pregunta, enseguida llega la primera respuesta a mi muro de Facebook. Mantengo el siguiente diálogo con un joven literato, restaurador de libros y futuro profesor, residente en una isla balear:

Amigo: Personalmente, prefiero “memoria”; a veces digo “llave”. Pero en mi entorno, dentro de los usos castellanos, he oído decir “pincho”, por ejemplo. Una vez oí llamarlo “minidisco”. Nunca “lápiz”. Caso aparte, los muy socorridos: “eso”, “la cosa esa”, “el pendraif / pendrai”, pero ya no cuentan.

Yo: Me encanta «eso». ¡Es tan sintético y, a la vez, tan abierto…! Rico en connotaciones. Diría que es poético.

Amigo: Admito que “eso” y “cosa” son dos palabras maravillosas.

          Una amiga pintora me contesta desde Sitges: «Pen».

         Barcelona. Una licenciada en Derecho y en Filosofía me escribe: «Creo que lápiz USB es lo más común». Y corrobora su opinión un jurista, el cual añade que «en un contexto adecuado, con decir ‘me lo grabas en un USB’, por ejemplo, es suficiente». Desde la misma ciudad, un músico muy guasón me escribe: «Pendrái. O pendráis, cuando lo digo conscientemente», y una farmacéutica y profesora de Química me pregunta: «¿A qué te refieres? ¿Al pen?». Le digo que yo lo llamo lápiz o memoria USB y me responde: «Yo nunca uso la expresión lápiz de memoria ni memoria USB […]. La expresión lápiz de memoria no creo haberla oído nunca».

         (Hago un aparte para decir que, a mí, la verdad, eso de pen… –«He olvidado mi pen en algún sitio», «Mi pen está estropeado», «Eso te pasa por extraerlo a lo bestia, sin el procedimiento de seguridad»– qué queréis que os diga…).

         Una docente de Ciencias en un centro de enseñanza secundaria barcelonés responde a mi pregunta sobre cómo llama (o se le llama) al objeto en cuestión: «Directamente, un USB». Mi amiga MM vive en una ciudad importante de la provincia de Barcelona y trabaja en las oficinas de un departamento del Ayuntamiento de dicha ciudad; me dice que, en castellano, ella utiliza las expresiones lápiz y memoria externa.

         Cambio de espacio geográfico. Breve diálogo con una ceramista y comerciante de esta artesanía que me escribe desde una pequeña localidad de la provincia de Tarragona:

Amiga: Jo dic “pen” i “llapis”.

Yo: També quan parles en castellà?

Amiga: Ai, és cert, era en castellà… dic “pen”.

        Pero me confiesa que prácticamente solo habla en castellano con un familiar, y nunca sobre temas que requieran usar ese término. Un profesor de Filosofía de un centro de secundaria de la misma provincia me contesta: «Entre la gente joven, lo más habitual es pen drive. Entre gente de más edad, también lápiz de memoria (o llapis de memòria)». Es esta una respuesta compleja, por cuanto, además de la información terminológica, aporta una «metainformación» sobre la incidencia del factor edad en el uso de los distintos términos.

         Desde La Pampa argentina, un amigo me contesta que ahí lo llaman pen drive (se lo ha dicho su hija, una joven diseñadora). Y desde Santiago de Chile, un psicólogo me responde con esta ráfaga de guasaps:

– Memoria USB.

– O memoria.

– O USB.

– Además de con chilenos, trabajo con cubanos y venezolanos y le dicen igual, yo creo.

– «Préstame la memoria», por ejemplo.

         Le contesto que con la cabeza que tengo, a mí sí me vendría bien que me prestaran la memoria.

         En síntesis, en esta minimuestra aparecen los siguientes términos y con la siguiente frecuencia:

  1. variantes de pen drive: 7 veces (incluyo aquí las 2 apariciones de pen);

  2. variantes de memoria: 4 veces;

  3. variantes de lápiz: 4 veces (no cuento los llapis catalanes, és clar);

  4. un USB: 3 veces;

  5. llave: 1 vez;

  6. pincho: 1 vez

  7. minidisco: 1 vez

  8. eso: 1 vez

  9. la cosa esa: 1 vez

        Gana el equipo pen drive con tres puntos de ventaja sobre los equipos memoria y lápiz, que empatan con 4 puntos. Les sigue de cerca un USB. No hay que perder de vista, sin embargo, que el equipo ganador obtiene 7 puntos sobre un total de 23 (o de 21, si excluimos del escrutinio eso y la cosa esa, por ser expresiones más poéticas que técnicas); las demás respuestas representan juntas, pues, dos tercios del total. No he incluido en el recuento los «me gusta» recibidos en Facebook, porque no sé cómo interpretarlos en el marco del sondeo.

        Es evidente que la muestra no es ni de lejos lo suficientemente representativa como para extraer conclusiones certeras sobre variedad de uso y distribución, y que la pregunta ni siquiera está planteada con el suficiente rigor científico. No obstante, a partir de la observación de los resultados de mi sondeo, así como de su comparación con los aportados por González Rodríguez, sí cabe hacer algunas constataciones: 1) que ni la lista de términos elaborada por este profesor ni la mía agotan todas las denominaciones posibles, y lo más probable es que tampoco lo haga la suma de ambas listas; 2) que por lo que respecta a la falta de unanimidad en la denominación del objeto, poco ha cambiado en estos últimos diez años; 3) que tal falta de unanimidad se produce incluso dentro de un mismo ámbito geográfico o espacial reducido; 4) que en muchos casos, ni siquiera el usuario es unánime consigo mismo.

         Recuerdo una anécdota que, allá por el año 82, desde el estrado de un aula que se asemejaba a un cine, en la que entonces era la Facultad de Filosofía, Psicología y Pedagogía de la Universidad de Barcelona, un entrañable José María Valverde nos narraba. Contaba el insigne profesor y poeta que, en sus tiempos de estudiante, hallábanse un día él y un compañero holgazaneando por un parque, cuando se les ocurrió la singular idea de averiguar cuántos pétalos tienen las margaritas. Tras haber deshojado cierta cantidad de estas flores, llegaron por inducción a la siguiente conclusión: ninguna margarita tiene trece pétalos.

         ¿Que por qué me viene a la cabeza esa historia de Valverde justo ahora? Pues, no sé. Extrañas conexiones de la memoria.

1 GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Antonio (2008). http://www.tekom.de/upload/1499/terminologia%20para%20futuros%20traductores.pdf

¿Qué fue primero? ¿La gallina o el huevo? Por las estancias de la Lingüística

Nota aclaratoria: este texto no tiene, en su origen, la literaria como principal finalidad. Nace como intervención en el foro de dudas y comentarios de una asignatura universitaria de lingüística, cursada hace ya algunos años. Estudiando la cuestión de las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas, no me salió mejor manera de plasmar una reflexión que mediante esta ficción. Las reacciones de quienes me contestaron pueden encuadrarse en tres categorías: 1) la de quienes se tomaron mi desesperación al pie de la letra y trataron de consolarme y animarme (no bromeo); 2) la de aquellos a quienes les hizo gracia el texto o, aún más, el hecho de que me hubiera atrevido a enunciarlo en ese contexto comunicativo más bien formal; 3) la del profesor, que me tomó muy en serio y contestó muy a propósito a lo que yo planteaba, sin hacer la menor alusión a cómo lo planteaba.

janet garcía

Hay relaciones que (a mí me) dan vértigo. Entre ellas, las sintagmáticas y las paradigmáticas. O mejor: las que mantienen sintagma y paradigma (y yo con ambos). No consigo asomarme a uno de estos ejes sin verme catapultada, como por arte de magia, al otro. Me asomé a un paradigma y me encontré a un señor artículo que se puso a contarme su vida. Me dijo que era un determinante porque trabajaba siempre con el núcleo nominal, y que solía acompañarlos el modificador. Se empeñó en presentármelos y, así, nos fuimos para el sintagma. En la puerta de la oficina ponía “Sintagma nominal”. Entramos y… ¡aquello era un paradigma! El grupo me contó que podía desempeñar diferentes cometidos; en ese momento estaba trabajando de sujeto, colaborando con otro grupo, un sintagma verbal que hacía, a su vez, de predicado. Queriendo ver cómo trabajaban juntos me encontré, de golpe, de nuevo…

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Memoria igualadora (o De amores telefónicos)

Tu voz, mi voz, unidas por un hilo,
jugaban a inventarse con palabras
un espacio habitable y compartible
donde dejar de serse solo voces
al extremo de un hilo.

Hubo, así, una cocina, una ventana
abierta a un campo de árboles floridos,
una mesa robusta, un café a medias,
ojos, camisa, manos, un suspiro,
la noche. La mañana.

Y ahora que ya es un tramo de memoria
el tiempo en que inventábamos un mundo,
mundo inventado y voces inventando
parecen, al trasluz, en la distancia,
una única sustancia.

(Microrrelatos de amor en verso)

Efecto óptico (o Cuestión de perspectiva)

Yazgo supina, acaso adormilada,
la espalda acomodada sobre un lecho
tejido con agujas
de pino en tierra húmeda.
El manto de tu cuerpo me acalora,
y ahora
tu peso me retorna la consciencia.
Pereza.
Despejo lentamente la maleza
que me sella los párpados y noto
cómo entra poco a poco
la luz que se enmaraña en mis pestañas.

Enfoco.
Entonces me aparece,
apenas más allá de la nariz,
tu rostro cenital y sonriente,
pegado sobre un cielo de papel
de seda transparente.
Astro de miel
de un universo plano, sin escorzo.
Visión feliz que se me antoja eterna.
Gozo.

Acedia:
por el margen izquierdo del encuadre,
asoma, flop, flop, flop, la mariposa,
aleteando, odiosa, impertinente.
Ya se acerca a tu oreja.
Ya se apresta a pasar tras tu cogote.
Ya me devuelve, así,
tan de repente,
tan aprisa,
el abismo que media
entre el remoto firmamento y tu sonrisa.

                                                         (Microrrelatos de amor en verso)

Ojos que no ven, corazón que siente (o De amor y sinestesia)

¡No, no, que te equivocas!, ¡qué puñeta!
No llevabas el traje azul de lino
ni al cuello la corbata color vino
ni colgada del hombro la chaqueta.

Vestías una simple camiseta
de escote en pico, aviso del camino
que de tu pecho baja a otro destino.
Llevabas pantalones de loneta.

Lo sé, aunque esa noche te esperaba
con la luz apagada, y al abrirte,
te recibí en lo oscuro y no vi nada.

Mas mi olfato, voraz cuando te excava,
y mi tacto, obstinado en definirte,
vieron lo que no pudo la mirada.

                                         (Microrrelatos de amor en verso)

 J