¿Qué fue primero? ¿La gallina o el huevo? Por las estancias de la Lingüística

Nota aclaratoria: este texto no tiene, en su origen, la literaria como principal finalidad. Nace como intervención en el foro de dudas y comentarios de una asignatura universitaria de lingüística, cursada hace ya algunos años. Estudiando la cuestión de las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas, no me salió mejor manera de plasmar una reflexión que mediante esta ficción. Las reacciones de quienes me contestaron pueden encuadrarse en tres categorías: 1) la de quienes se tomaron mi desesperación al pie de la letra y trataron de consolarme y animarme (no bromeo); 2) la de aquellos a quienes les hizo gracia el texto o, aún más, el hecho de que me hubiera atrevido a enunciarlo en ese contexto comunicativo más bien formal; 3) la del profesor, que me tomó muy en serio y contestó muy a propósito a lo que yo planteaba, sin hacer la menor alusión a cómo lo planteaba.

janet garcía

Hay relaciones que (a mí me) dan vértigo. Entre ellas, las sintagmáticas y las paradigmáticas. O mejor: las que mantienen sintagma y paradigma (y yo con ambos). No consigo asomarme a uno de estos ejes sin verme catapultada, como por arte de magia, al otro. Me asomé a un paradigma y me encontré a un señor artículo que se puso a contarme su vida. Me dijo que era un determinante porque trabajaba siempre con el núcleo nominal, y que solía acompañarlos el modificador. Se empeñó en presentármelos y, así, nos fuimos para el sintagma. En la puerta de la oficina ponía “Sintagma nominal”. Entramos y… ¡aquello era un paradigma! El grupo me contó que podía desempeñar diferentes cometidos; en ese momento estaba trabajando de sujeto, colaborando con otro grupo, un sintagma verbal que hacía, a su vez, de predicado. Queriendo ver cómo trabajaban juntos me encontré, de golpe, de nuevo…

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Memoria igualadora (o De amores telefónicos)

Tu voz, mi voz, unidas por un hilo,
jugaban a inventarse con palabras
un espacio habitable y compartible
donde dejar de serse solo voces
al extremo de un hilo.

Hubo, así, una cocina, una ventana
abierta a un campo de árboles floridos,
una mesa robusta, un café a medias,
ojos, camisa, manos, un suspiro,
la noche. La mañana.

Y ahora que ya es un tramo de memoria
el tiempo en que inventábamos un mundo,
mundo inventado y voces inventando
parecen, al trasluz, en la distancia,
una única sustancia.

(Microrrelatos de amor en verso)

Efecto óptico (o Cuestión de perspectiva)

Yazgo supina, acaso adormilada,
la espalda acomodada sobre un lecho
tejido con agujas
de pino en tierra húmeda.
El manto de tu cuerpo me acalora,
y ahora
tu peso me retorna la consciencia.
Pereza.
Despejo lentamente la maleza
que me sella los párpados y noto
cómo entra poco a poco
la luz que se enmaraña en mis pestañas.

Enfoco.
Entonces me aparece,
apenas más allá de la nariz,
tu rostro cenital y sonriente,
pegado sobre un cielo de papel
de seda transparente.
Astro de miel
de un universo plano, sin escorzo.
Visión feliz que se me antoja eterna.
Gozo.

Acedia:
por el margen izquierdo del encuadre,
asoma, flop, flop, flop, la mariposa,
aleteando, odiosa, impertinente.
Ya se acerca a tu oreja.
Ya se apresta a pasar tras tu cogote.
Ya me devuelve, así,
tan de repente,
tan aprisa,
el abismo que media
entre el remoto firmamento y tu sonrisa.

                                                         (Microrrelatos de amor en verso)

Ojos que no ven, corazón que siente (o De amor y sinestesia)

¡No, no, que te equivocas!, ¡qué puñeta!
No llevabas el traje azul de lino
ni al cuello la corbata color vino
ni colgada del hombro la chaqueta.

Vestías una simple camiseta
de escote en pico, aviso del camino
que de tu pecho baja a otro destino.
Llevabas pantalones de loneta.

Lo sé, aunque esa noche te esperaba
con la luz apagada, y al abrirte,
te recibí en lo oscuro y no vi nada.

Mas mi olfato, voraz cuando te excava,
y mi tacto, obstinado en definirte,
vieron lo que no pudo la mirada.

                                         (Microrrelatos de amor en verso)

 J

“El cautivo de Til Til”, de Patricio Manns

Patricio Manns no ha optado por un tratamiento épico del tema; aunque habría podido hacerlo, no canta las empresas heroicas del guerrillero. Tampoco se queda en el lirismo propio de la oda, en el elogio explícito. Patricio Manns elige comunicar la grandeza y el carisma del popular héroe de manera indirecta, a través de la percepción personal, íntima, de un observador anónimo. Habla un simple testigo de un breve momento: el del paso de la escolta de alguaciles que lleva a Manuel Rodríguez a Til Til. Del preso solo conoce lo que se rumorea en la ciudad. Observa cómo la gente, al verlo pasar, murmura su nombre, Manuel (detalle significativo, por cuanto el uso del nombre de pila para con alguien denota un vínculo de proximidad con ese alguien). Y el testimonio queda fulgurado por la imagen de ese joven de “porte gentil” que procede hacia su cautiverio (y muerte), cabellos al viento, con el brillo del sol reflejado en los ojos y sonriendo. Al tiempo, nosotros mismos, receptores de la canción, nos transformamos en testigos de la impresión que la simple visión de Manuel Rodríguez provoca en alguien que, al menos hasta ese momento, se situaba fuera de los acontecimientos. Me parece acertadísimo el recurso. Dicho en pocas palabras: ¡ME ENCANTA!

Un texto hermoso. Y una música que parece brotar naturalmente de él. Gracias, maestro.

No, no me he fumado nada. Salgo de un recital poético de Josep Pedrals.

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No lo conocía. Pude hacerlo en el encuentro que, bajo el título de Transmedialità in ambito iberico, tuvo lugar el día 23 de noviembre de 2015 en la universidad veneciana de Ca’ Foscari (y cuyo programa puede consultarse aquí: http://intra.unive.it/phpapps/eventi/allegati/event_3280843_2.pdf). … Sigue leyendo

No solamente Quijote

Pues sí, es 23 de abril y voy a citar a Cervantes. Pero no voy a traer a colación al Quijote.

El licenciado Vidriera no es precisamente una de las Novelas ejemplares más elogiadas por la crítica, pero qué queréis que os diga: a mí, personalmente, su protagonista no deja de parecerme un personaje entrañable. Y, en cierto sentido, misterioso. Tomás Rodaja entra en la historia siendo  “muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador”, y a los dos caballeros que le preguntan por el nombre de su patria les responde: “ni el de ella ni el de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos a ellos y a ella”. Llega el momento en que puede honrarlos, pero Cervantes nos dejará con las ganas de conocer el origen de su criatura. Seguimos muy de cerca, a su mismo lado, su increíble peripecia vital durante bastantes años (marcada, cómo no, por una locura clarividente y transitoria). Pero muy vagas serán las noticias que tendremos sobre el fin del licenciado; noticias que el autor concentra en las cuatro líneas con las que cierra expeditivamente la historia:

Esto dijo y se fue a Flandes, donde la vida que había comenzado a eternizar por las letras la acabó de eternizar por las armas, en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado.

Entra por casualidad; y lo perdemos de vista, así, cuando le habíamos tomado cierto cariño.

Abro la novela y selecciono, al azar, un fragmento de irónica crítica literaria. Habla el licenciado Vidriera (nombre que adopta el protagonista durante el tramo de su locura):

Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas, por la mayor parte, eran pobres. Respondió que porque ellos querían, pues estaba en su mano ser ricos, si se sabían aprovechar de la ocasión que por momentos traían entre las manos, que eran las de sus damas, que todas eran riquísimas en extremo, pues tenían los cabellos de oro, frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas.

Una narración no exenta de huecos, de sombras. Y no solo eso, claro está. Queda para otra ocasión lo demás.