Efecto óptico (o Cuestión de perspectiva)

Yazgo supina, acaso adormilada,
la espalda acomodada sobre un lecho
tejido con agujas
de pino en tierra húmeda.
El manto de tu cuerpo me acalora,
y ahora
tu peso me retorna la consciencia.
Pereza.
Despejo lentamente la maleza
que me sella los párpados y noto
cómo entra poco a poco
la luz que se enmaraña en mis pestañas.

Enfoco.
Entonces me aparece,
apenas más allá de la nariz,
tu rostro cenital y sonriente,
pegado sobre un cielo de papel
de seda transparente.
Astro de miel
de un universo plano, sin escorzo.
Visión feliz que se me antoja eterna.
Gozo.

Acedia:
por el margen izquierdo del encuadre,
asoma, flop, flop, flop, la mariposa,
aleteando, odiosa, impertinente.
Ya se acerca a tu oreja.
Ya se apresta a pasar tras tu cogote.
Ya me devuelve, así,
tan de repente,
tan aprisa,
el abismo que media
entre el remoto firmamento y tu sonrisa.

                                                         (Microrrelatos de amor en verso)

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Ojos que no ven, corazón que siente (o De amor y sinestesia)

¡No, no, que te equivocas!, ¡qué puñeta!
No llevabas el traje azul de lino
ni al cuello la corbata color vino
ni colgada del hombro la chaqueta.

Vestías una simple camiseta
de escote en pico, aviso del camino
que de tu pecho baja a otro destino.
Llevabas pantalones de loneta.

Lo sé, aunque esa noche te esperaba
con la luz apagada, y al abrirte,
te recibí en lo oscuro y no vi nada.

Mas mi olfato, voraz cuando te excava,
y mi tacto, obstinado en definirte,
vieron lo que no pudo la mirada.

                                         (Microrrelatos de amor en verso)

 J

“El cautivo de Til Til”, de Patricio Manns

Patricio Manns no ha optado por un tratamiento épico del tema; aunque habría podido hacerlo, no canta las empresas heroicas del guerrillero. Tampoco se queda en el lirismo propio de la oda, en el elogio explícito. Patricio Manns elige comunicar la grandeza y el carisma del popular héroe de manera indirecta, a través de la percepción personal, íntima, de un observador anónimo. Habla un simple testigo de un breve momento: el del paso de la escolta de alguaciles que lleva a Manuel Rodríguez a Til Til. Del preso solo conoce lo que se rumorea en la ciudad. Observa cómo la gente, al verlo pasar, murmura su nombre, Manuel (detalle significativo, por cuanto el uso del nombre de pila para con alguien denota un vínculo de proximidad con ese alguien). Y el testimonio queda fulgurado por la imagen de ese joven de “porte gentil” que procede hacia su cautiverio (y muerte), cabellos al viento, con el brillo del sol reflejado en los ojos y sonriendo. Al tiempo, nosotros mismos, receptores de la canción, nos transformamos en testigos de la impresión que la simple visión de Manuel Rodríguez provoca en alguien que, al menos hasta ese momento, se situaba fuera de los acontecimientos. Me parece acertadísimo el recurso. Dicho en pocas palabras: ¡ME ENCANTA!

Un texto hermoso. Y una música que parece brotar naturalmente de él. Gracias, maestro.

No, no me he fumado nada. Salgo de un recital poético de Josep Pedrals.

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No lo conocía. Pude hacerlo en el encuentro que, bajo el título de Transmedialità in ambito iberico, tuvo lugar el día 23 de noviembre de 2015 en la universidad veneciana de Ca’ Foscari (y cuyo programa puede consultarse aquí: http://intra.unive.it/phpapps/eventi/allegati/event_3280843_2.pdf). … Sigue leyendo

No solamente Quijote

Pues sí, es 23 de abril y voy a citar a Cervantes. Pero no voy a traer a colación al Quijote.

El licenciado Vidriera no es precisamente una de las Novelas ejemplares más elogiadas por la crítica, pero qué queréis que os diga: a mí, personalmente, su protagonista no deja de parecerme un personaje entrañable. Y, en cierto sentido, misterioso. Tomás Rodaja entra en la historia siendo  “muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador”, y a los dos caballeros que le preguntan por el nombre de su patria les responde: “ni el de ella ni el de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos a ellos y a ella”. Llega el momento en que puede honrarlos, pero Cervantes nos dejará con las ganas de conocer el origen de su criatura. Seguimos muy de cerca, a su mismo lado, su increíble peripecia vital durante bastantes años (marcada, cómo no, por una locura clarividente y transitoria). Pero muy vagas serán las noticias que tendremos sobre el fin del licenciado; noticias que el autor concentra en las cuatro líneas con las que cierra expeditivamente la historia:

Esto dijo y se fue a Flandes, donde la vida que había comenzado a eternizar por las letras la acabó de eternizar por las armas, en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado.

Entra por casualidad; y lo perdemos de vista, así, cuando le habíamos tomado cierto cariño.

Abro la novela y selecciono, al azar, un fragmento de irónica crítica literaria. Habla el licenciado Vidriera (nombre que adopta el protagonista durante el tramo de su locura):

Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas, por la mayor parte, eran pobres. Respondió que porque ellos querían, pues estaba en su mano ser ricos, si se sabían aprovechar de la ocasión que por momentos traían entre las manos, que eran las de sus damas, que todas eran riquísimas en extremo, pues tenían los cabellos de oro, frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas.

Una narración no exenta de huecos, de sombras. Y no solo eso, claro está. Queda para otra ocasión lo demás.

 

¡Pa’ dónde vas, Fulano! (u otra lectura de la décima espinela)

No me interesa entrar aquí en cuestiones históricas ni en el problema de su paternidad, normalmente atribuida al poeta y músico rondeño Vicente Espinel. Baste solo decir que, ya desde su nacimiento, la estructura de la décima espinela viene leyéndose como la unión de dos redondillas de consonantes diferentes mediante dos versos puente, según el conocido esquema: abbaaccddc. El enlace se establece de la siguiente manera: el verso 5 pertenece sintácticamente a la segunda parte de la décima (está separado del verso 4 por pausa), pero al mismo tiempo engancha dicha segunda parte a la primera, gracias a su consonancia con el cuarto verso; el verso 6, en cambio, introduce la nueva rima con que se abre la segunda redondilla. Se podría decir que, en la pareja puente, el primer verso mira hacia atrás y el segundo hacia delante. En la redondilla inicial queda expuesto el pensamiento; el puente lo conduce y abre hacia la segunda redondilla, en la que tal pensamiento se desarrolla o amplía y cierra. He aquí una décima (que él llamaba redondilla de diez versos) del propio Espinel:

Esto da fuerza a mi fe

A que su intento prosiga,

Y vuessa merced no diga,

Desta agua no bevere:

Podra ser, que lo que fue

Torne a ser como primero,

Que en vuestra clemencia espero,

Y no he de desesperar,

Que no será justo echar

La soga con el caldero.

               (en Diversas rimas, de Vicente Espinel)

 

Por tanto, dos redondillas de rimas diferentes (abba, cddc) unidas por un puente (ac). Así es, no cabe duda. Pero desde la perspectiva de quien compone o recita (es decir, del emisor); o de quien, a recepción cumplida, realiza una suerte de zoom para apreciar el conjunto de la estrofa; o aún, del receptor que sabe de antemano que lo que va a oír o leer es una décima espinela. A este último tipo de receptores pertenece el público de las sesiones de décima improvisada; lo cual, siendo ese el contexto en que suele darse hoy en día la espinela, equivale a decir que, la mayor parte de las veces, quien la escucha ya sabe muy bien en qué consiste su estructura: reconoce las redondillas, el puente, etc. (Y conoce también, por cierto, aspectos del proceso creativo ligados a tal estructura, como cuáles son los versos que representan mayor dificultad para el repentista).

En cualquier caso, reivindicando la importancia de las primeras impresiones causadas por el texto, que de alguna manera permanecen siempre vivas en las recepciones sucesivas, quiero situarme ante la décima como receptora suya novel; o, por lo menos, como receptora que no sabe de antemano qué estructura métrica se va a desplegar ante sus ojos u oídos. Porque ninguna forma poética se presenta de golpe, en bloque, sino verso tras verso; la forma métrica es en sí un discurso que, en cuanto tal, se desarrolla linealmente. Situarnos en esta perspectiva nos hace descubrir el juego de expectativas truncadas, de ruptura y de restablecimiento del equilibrio sonoro que es la décima, y que suele correr paralelo a su estructura interna, a su sentido. Tomemos una espinela (por ejemplo, de Violeta Parra) y procedamos verso a verso:

Empezamos recibiendo un octosílabo de rima a, al que le siguen dos de rima b y un cuarto de nuevo a. Este esquema rítmico, unido a la pausa sintáctica, hace que percibamos ya una pequeña unidad estrófica: una redondilla.

(a) Lo que puede el sentimiento
(b) no lo ha podido el saber,
(b) ni el más claro proceder
(a) ni el más ancho pensamiento.

El quinto verso retoma la rima inicial (a); intuimos una segunda redondilla que repita las rimas de la anterior, pero he aquí la primera pequeña sorpresa: el verso 6 llega con una rima nueva (c). Mas el 7 insiste en ella, de manera que la estructura métrica de esos versos 5, 6 y 7 (a c c…), unida a la expectativa creada por la redondilla inicial, nos hace esperar una nueva redondilla (a c c a) que restablezca la armonía (es decir, el orden).

(a) Todo lo cambia al momento
(b) cual mago condescendiente,
(b) nos aleja dulcemente
(a) –——————–[ento]

Sin embargo, aún más que antes, quedan truncadas las expectativas, porque el verso 8 se sale por la tangente,  rompiendo el esquema esperado con una nueva rima (d), y creando así un desequilibrio total que nos deja desplazados. Instantáneamente entran en acción las autoridades, mandando en avanzadilla a un psicólogo (el verso 9) que sabe jugar muy bien la carta de la empatía: adoptando la misma rima del desbandado (d), consigue engancharlo y frenar la huida. Enseguida llega un representante de las fuerzas del orden (el décimo y último verso), quien, volviendo a la rima que precede a la subversión (es decir, a c), restablece definitivamente el equilibrio de la situación, encerrando al rebelde, lo quiera o no, en una ortodoxa redondilla (vv. 7, 8, 9 y 10: c d d c).

(a) Todo lo cambia al momento
(c) cual mago condescendiente,
(c) nos aleja dulcemente

(d) de rencores y violencia. > movimiento de huida
(d) Solo el amor con su ciencia = movimiento de enganche

(c) nos vuelve tan inocentes. < movimiento de retorno

(El sangrado diferenciado, así como los espacios en blanco entre versos, son míos, y tienen la única función de reflejar gráficamente lo expuesto).

Es como si el verso 8 creara un clímax, un momento de máxima tensión, que nos preparara al broche final de los dos últimos versos, desenlace del razonamiento contenido en la estrofa. Porque ese juego de expectativas, rupturas y vuelta al equilibrio, repito, suele tener relación con el sentido.

Recompongo a continuación la hermosa décima de la Violeta:

Lo que puede el sentimiento

no lo ha podido el saber

ni el más claro proceder

ni el más ancho pensamiento.

Todo lo cambia al momento

cual mago condescendiente,

nos aleja dulcemente

de rencores y violencia.

Solo el amor con su ciencia

nos vuelve tan inocentes.

 

Escuchando recitar décimas chilenas, me ha llamado la atención el hecho de que se use la entonación para resaltar ese punto culminante, marcando el final del octavo verso con una subida tonal y una inflexión ascendente, seguidas de una brevísima suspensión. Podemos observarlo en el vídeo que reproduce cinco minutos de brindis en décimas en un encuentro de payadores chilenos, al que se accede mediante este enlace:

Buona visione e buon ascolto!

Moldes, masillas y agujas

Empieza a ser preocupante el deterioro de mi memoria, tanto a largo como a mediano y –ahora también– a corto plazo. Aquellas famosas palabras con que García Márquez abre su Vivir para contarla se me revelan hoy angustiosas: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Un qué y un cómo de la memoria, vamos. Entonces, sin el qué del recuerdo no hay vida. El olvido a largo plazo equivale a no haber vivido; a corto plazo, a no estar viviendo. Para resolver o sobrellevar el problema cabría hacer como José Arcadio Buendía, quien, en su lucha contra la desmemoria, andaba rotulando cada cosa con su nombre (el de la cosa). La alternativa es agarrarse al cómo del recuerdo, cual a un clavo ardiendo. Porque la memoria no solo es filtro del pasado; también es molde y hasta excelente masilla con la que reconstruir creativamente lo vivido. Pero…, ¿a qué venía todo esto? Yo solo quería contar una pequeña anécdota que me ocurrió hace mucho mucho tiempo. A ello voy.

Nos desplazamos a una mañana de invierno de mediados de los 80. Hacía poco que residía en Venecia. Caminaba yo por una callejuela de la zona de Rialto y, al pasar ante una vieja mercería, recordé que se me había soltado un hilo de un jersey y que había que arreglarlo, antes de que la prenda retrocediera definitivamente a su estado original de madeja. Hasta entonces, nunca me había visto en el trance de tener que comprar una aguja de coser lana. Me bastaba, para ese tipo de necesidades, echar mano de lo que me ofrecía el abastecido cuarto de costura de mi madre (o echar mano de mi madre). Pero, claro, una crecía y tenía que aprender a afrontar la vida autónomamente. Agarré el liso pomo de latón, empujé la puerta de madera oscura y atravesé el umbral. Mis ojos tardaron un par de segundos en adaptarse a la penumbra interior. Cuando lo hicieron, me devolvieron la imagen de un local relativamente amplio, pero repleto hasta lo inverosímil de cajones, cajas y cajitas de cartón, ovillos de diferentes fibras, un par de devanadores, etc., etc. A mano izquierda, a poca distancia de la entrada y perpendicular a ella, se hallaba el mostrador, también de madera color nogal. Y del mismo material era el altillo, o suerte de baja galería con baranda que corría a media altura de las paredes, y en la que tampoco había atisbo de espacio libre. Cesado el sumiso quejido de la puerta sobre los goznes en su camino de vuelta al quicio, se hicieron el silencio y la calma absolutos. En el centro del mostrador, había sido colocado un busto femenino de madera polícroma. Representaba a una anciana mujer en actitud pensativa: el antebrazo izquierdo reposaba horizontalmente sobre la base, por delante del cuerpo; el antebrazo derecho se erguía, apoyado sobre el codo, para permitir a la mano sostener el mentón; nariz, barbilla y mirada apuntaban hacia el frente. Alguien le había puesto unas gafas de concha con lentes y todo. Era tan realista, que se me cruzó por la cabeza que pudiera ser una persona de verdad; de modo que, por si acaso, emití un «Buon giorno». Como era de prever, no ocurrió nada. Pero encontré la situación divertida, así que, aprovechando que no me veía nadie, decidí seguir practicando mi italiano: «Avrei bisogno di un ago da lana»1. Ya estaba pensando en cómo proseguir con el monólogo cuando, de pronto, percibí un ligero rumor, un leve crujido, como de mecanismo que se pone en marcha. Centré la mirada en el busto y noté que los labios –únicamente los labios– empezaban muy lentamente a moverse y, al hacerlo, se iban quebrando en múltiples grietitas. Me quedé atónita al oír una voz que, con sonoridad entre metálica y pétrea, me respondía: «Par manco de domila lire non se fa gnente»2. Y se restablecieron el silencio y la quietud de museo ochocentista abandonado.

Debía de haberlo soñado, no podía ser de otra manera. En cualquier mercería, un ejército de artículos que costaban menos de «domila lire» esperaban ansiosamente que alguien los adquiriera. Una podía necesitar comprar un metro de goma para arreglarse la cinturilla de una falda; o un jaboncillo de sastre para dibujar un patrón; o hilo de embastar; o un alargador para un sujetador que quedaba demasiado estrecho; o veta; o cordoncillo; o… ¿Cuántas faldas y sujetadores por arreglar había de acumular en el armario antes de poder servirme de la tienda especializada en la venta al detalle del material necesario para esos trabajos? En el Portal de l’Àngel –una de las calles más comerciales y concurridas de Barcelona– existe y resiste la antigua mercería Santa Ana. Nunca la he visto vacía, ni siquiera medio llena: hay siempre tanta cola, que hasta reparten número. Uno puede comprar desde el botón más minúsculo y ordinario hasta los artículos de lencería más caros, con tal de que aguarde su turno con paciencia. Estuve a punto de preguntarle al busto si recordaba en qué año había entrado en la tienda el último cliente. Pero el poco aliento del que no me había privado el estupor solo me alcanzó para un «Grazie, arrivederci». Di media vuelta, agarré otra vez el pomo y salí al aire punzante de la calle. La luz fría de esa mañana de invierno me deslumbró por un momento.

Ahora no pondría la mano en el fuego, pero yo creo que jamás volví a ver ese lugar. Diría que cuando pasé de nuevo por aquella calle, la mercería ya no estaba. Y es bien curioso que haya seguido recordando (o narrándome, que es lo mismo) aquel insignificante episodio con cierta regularidad. Tanto, que ya no sé si lo que recuerdo es la anécdota o el recuerdo de la anécdota, o el recuerdo de su recuerdo. ¿Se recuerda la vivencia o la última narración que de ella nos hemos hecho? Bueno, dejémonos de divagaciones. La cuestión es que con los años he elaborado un sustancioso y contundente enunciado con el que ahora estaría en condiciones de responder adecuadamente a la esfinge. Siguiendo el ejemplo de aquel José Aureliano, me lo he escrito en un papelito. Y lo llevo siempre encima, porque nunca se sabe: en cualquier momento podría suceder que la puerta más común y corriente, que el umbral más anónimo, me hicieran trascender nuevamente y de sopetón a aquel mundo paralelo de ovillos, agujas y bustos parlantes.

¿Que cómo solucioné lo del jersey? Pues…, la verdad es que no lo recuerdo.

1 ‘Necesito una aguja para coser lana’.

2 En dialecto veneciano, ‘Por menos de dos mil liras no se hace nada’. Dos mil liras equivalen a cerca de un euro. Un billete de autobús costaba, por aquel entonces, unas seiscientas liras (treinta céntimos).